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Al rajazo limpio

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23.03.2026

“Ronaldo me suda la polla. Que le den pol culo. Desde que le oí decir que el equipo de mis amores era una mierda, no puedo verlo ni en pintura. Como jugador es un verdadero tarugo. Que lo follen”, replicaba el otro día una chica de no más de 18 años, que respiraba por la herida del resentimiento futbolero, a un chico que le había dicho, sin más intención que alimentar la conversación que mantenía con ella, que el excelente jugador portugués Cristiano Ronaldo, a pesar de que había rebasado ya la barrera de los cuarenta años, seguía prestando muy buenos servicios a la selección de fútbol del pueblo que lo vio nacer y al equipo del país podrido de petrodólares que disfrutaba al presente de sus habilidades balompédicas. 

¿Cómo se explica esta grosera y básica forma de expresarse, donde los argumentos sobre el tema en cuestión (la calidad de un jugador de fútbol y su rendimiento deportivo) son sustituidos por soeces palabrotas sexuales o escatológicas de valoración personal (“sudar la polla”, “dar por el culo”, “ser una mierda”, “tarugo”, “follar”), que encontramos a veces en el habla de ciertos jóvenes y hasta la de no pocos durones infantiloides de nuestro tiempo? Porque no se trata de que estos chicos “no sean tan remilgados como lo hemos sido los de mi tiempo”, como dice la señora Eynsford en la famosa comedia Pigmalión, de Bernard Shaw. Se trata de algo mucho más grave e inquietante que todo esto. 

Para empezar, lo primero que llama la atención en esta atrabiliaria forma de expresarse es la falta de empatía que manifiestan sus autores hacia las personas, los animales y las cosas que trata en sus conversaciones. Como si fueran incapaces de amar a los otros. Porque lo único que parece importar en este tipo de discurso es el desahogo o el lucimiento personal, sin tener en cuenta, no sólo el sufrimiento que se puede provocar a las víctimas de tales desconsiderados y subjetivos comentarios, sino también el daño que puede hacerse a su reputación e imagen. No se pretende razonar, sino despacharse a su antojo y quedar a gusto con uno mismo. Y esto no se llama “falta de remilgo”, sino “egoísmo”.

En segundo lugar, el origen de esta lamentable manera de hablar lo encontramos a veces en el resentimiento o agravio, fundados o infundados, que albergan los que la practican. En unos casos, porque piensan que los demás (los........

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