Burocratismo en Venezuela: un mal que se puede curar
Como se refleja en mis artículos del pasado, presento este nuevo artículo sobre el burocratismo, con la autocrítica necesaria que me ha caracterizado, y que constituye un aporte oportuno en tiempos de transición y también de reflexión.
Mis observaciones se basan en mi experiencia profesional en distintos organismos del Estado venezolano, desde CANTV (1974), el Ministerio de Transporte y Comunicaciones (1980), Lagoven-PDVSA(1987), PDV Caribe (2011) y la Cancillería (2000). Esta trayectoria me ha permitido observar de cerca la evolución de la administración pública y el impacto del burocratismo en distintos sectores y niveles de gobierno.
El burocratismo es una de las principales enfermedades del Estado venezolano. No es solo un exceso de trámites; es un mal que corroe la eficiencia, desplaza el mérito y convierte la administración pública en un instrumento de control político más que en un servicio al ciudadano.
La responsabilidad histórica de este deterioro no se limita a un gobierno: todas las administraciones, desde la dictadura hasta los gobiernos actuales, han descuidado la construcción de una administración pública profesional y respetada.
Una cultura del servicio público que nunca se consolidó
En países con sistemas de función pública avanzados, la carrera administrativa basada en mérito, evaluación técnica y profesionalización es vista como un honor y vocación al servicio del bien común. Allí, servir al Estado es respetado socialmente y tiene reglas claras para selección y ascensos, lo que genera eficiencia y confianza ciudadana.
En Venezuela, la percepción del servidor público ha sido diferente. El acceso a los mejores cargos dependió de redes de influencia y lealtad al poder de turno, una constante histórica que afectó tanto a gobiernos de signo democrático como a los de corte populista.
El burocratismo en pleno desarrollo
• AD y COPEI (1958‑1998): La selección de funcionarios se basaba en mérito y experiencia para cargos de carrera. Sin embargo, los cargos de confianza se reservaban al partido de turno, y al cambiar un ministro se reemplazaban algunos funcionarios, afectando la continuidad de gestión. Esta práctica, inicialmente limitada al cambio de gobierno, sentó un precedente negativo.
• Chávez y Maduro (1999‑2026): Lo que inicialmente fue una mala práctica aplicada solo al cambio de gobierno se desvirtuó y se extendió a todos los niveles, con menos respeto por normas y procedimientos formales. Esto profundizó la discontinuidad de gestión, desplazó la experiencia y consolidó la politización extrema.
Consecuencias para la gestión y los servicios
• Disminución de eficiencia: decisiones tomadas por personal sin experiencia técnica.
• Mayor centralización y arbitrariedad.
• Pérdida de continuidad institucional: cada cambio interrumpe proyectos y procesos.
• Deterioro de servicios públicos.
• Percepción negativa del servicio público como espacio de privilegio o control político.
La profesionalización, que en otros países genera orgullo y estabilidad, en Venezuela nunca se consolidó como cultura ni regla institucional.
Chismes, corrillos y calumnias: la nueva herramienta del desplazamiento
En los últimos años, los chismes, corrillos y calumnias han desplazado a funcionarios competentes e independientes. La trayectoria profesional, la experiencia y las calificaciones han perdido peso frente a la lealtad política.
• Debilitamiento institucional: pérdida de memoria organizacional y retraso de proyectos.
• Cultura de miedo: los funcionarios evitan proponer soluciones por temor a represalias.
La eficiencia y la independencia se han convertido en riesgos, mientras que la sumisión política es premiada.
Discontinuidad de gestión y su impacto en los servicios
La discontinuidad administrativa genera:
• Pérdida de memoria institucional
• Interrupción de programas y proyectos
• Deterioro de servicios públicos
• Menor compromiso del personal
La falta de continuidad afecta los resultados administrativos y la vida de los ciudadanos.
La cura: pasos para reducir el burocratismo
1. Profesionalización y meritocracia: selección por capacidad, experiencia y evaluación continua.
2. Control de gestión y auditorías periódicas: monitoreo interno y externo, evaluación de resultados.
3. Simplificación y digitalización: eliminación de trámites inútiles y automatización de procesos.
4. Rendición de cuentas: funciones claras, plazos definidos y sanciones por incumplimiento.
5. Cambio cultural: un Estado al servicio del ciudadano, no de la política.
"No basta con simplificar los trámites: hay que medir, auditar y corregir para obtener resultados reales y sostenibles."
El burocratismo en Venezuela no es un mal inevitable. Su historia muestra una evolución: de instrumento de control personalista en la dictadura, a burocracia técnica elitista en la democracia, y finalmente a un burocratismo político-partidista, donde chismes, corrillos y calumnias desplazan la experiencia y la competencia, y la discontinuidad de gestión afecta los servicios públicos.
La práctica de reemplazar funcionarios con cada cambio de ministro, inicialmente limitada a la llegada de nuevos gobiernos, se extendió en los últimos años a todos los niveles, desvirtuando normas y procedimientos, consolidando la politización y debilitando la institucionalidad.
La solución está al alcance: profesionalización, control de gestión, auditorías, simplificación de procesos y cambio cultural. Solo así el Estado puede recuperar eficiencia, transparencia y legitimidad.
"Donde manda la lealtad, se debilita la institución; donde manda el mérito, se fortalece el Estado."
