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Puente, ¿sabes que Raquel ha sido madre?

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Puente, ¿sabes que Raquel ha sido madre?

Puente ha confundido la política con el recreo y el cargo con la barra del bar. Ha hecho del desprecio al discrepante una seña de identidad

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Si Tolkien fabuló a los elfos, nosotros podemos desbarrar hasta imaginarnos que Óscar Puente fuera un tipo afable, cercano, bien encarado, atento. Cuesta, lo sé. Algunos susurradores del ministerio aseguran que en la distancia corta no es el patán tabernario que nos vocifera desde la ... tribuna del Congreso ni el gallo de corral que nos grazna desde X mientras, como la Reina de Corazones de 'Alicia', pide que nos corten —o bloqueen— la cabeza. Tuitear tanto, tan rápido y con tanta fogosidad denota que, como diría mi suegra, no estás a lo que celebras, sino a otra cosa que te quita tiempo, todo el que deberías dedicar a trabajar en y por tu ministerio.

Porque gobernar no va de caerte bien en el tú a tú, sino de saber, de escuchar y de asumir responsabilidades. Y ahí es donde el personaje se descompone como en realidad todo el (des)Gobierno del que forma parte. Sus conocimientos de gestión de un ministerio como el de Transportes son, siendo generosos, los que tengo yo de física cuántica. Mucha palabra gruesa, mucha pose de macho alfa digital y la poca sustancia toda dedicada al duelo tuitero, esa justa de botarate en busca de otro tunante a su altura. Sus formas chulescas delatan lo que mi querido compañero Esteban Urreiztieta definió para estos casos como un 'desahogao', la soberbia del indocumentado, la prepotencia del que pasea cartera ministerial como quien muestra un trofeo.

Puente ha confundido la política con el recreo y el cargo con la barra del bar. Ha hecho del desprecio al discrepante una seña de identidad. Y cuando uno gobierna así, cuando se cree más listo que todos y se burla de quienes alertan, acaba ocurriendo lo que ocurre: que los avisos se ignoran, los problemas se enquistan y la realidad, que siempre llega, lo hace descarrilando trágicamente. Porque avisos hubo. Muchos. De trabajadores, de sindicatos, de usuarios, de técnicos que advertían de trenes en mal estado, de averías constantes, de una red ferroviaria que acumulaba incidencias como quien colecciona multas. ¿Y qué hizo el ministro? Ciscarse en el pasaje con su ya célebre «disculpen las mejoras», una frase que debería aparecer en su necrológica política. Ni autocrítica, ni humildad, ni empatía. Solo soberbia. Ahora pretende que creamos que Adamuz ha sido un accidente aislado, una fatalidad. No lo es. Es la consecuencia lógica de una forma de estar en política. Su bravuconería no salva vidas. Nunca las salvó. Y quizás habría sido más digerible si, ante los avisos, en lugar de burlarse, hubiera pedido perdón, se hubiera ofrecido a solucionarlo o, simplemente, reconocido que no sabía. Por eso Puente debía haber dimitido mucho antes del accidente. No por Adamuz y sus pobres víctimas, sino por chulo, por incapaz, porque nuestro sistema ferroviario es un desastre o, quizá, porque ha nacido Teo, su madre sigue en coma y él, todo un ministro, no ha llamado. ¿Para qué?

Accidentes ferroviarios


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