Odiar, odiar, Hodio a Gloria Fuertes
Odiar, odiar, Hodio a Gloria Fuertes
Una cosa es un odio artesanal o de proximidad como el mío y otra muy distinta convertir el odio en combustible político
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Mi odio no lleva H y sí un zurrón cargado de malos humos, espasmos irracionales y bufidos. Mi odio, que es mío y solo yo administro (malamente) como puedo, no conoce de algoritmos. Imposible, porque no tiene hábito ni pauta. Me brota y ya.
No sé si Sánchez odia como yo ... , pero le saca mucha más rentabilidad. Su aversión reúne a una feligresía arrobada ante cualquier golpe de cadera y mohín del Nerón monclovita. Le siguen y arropan a sus heraldos cuando se victimizan para hacer caja. Hay que movilizar el odio, pastorearlo, dirigirlo como se guía al rebaño: todos balando 'que viene el lobo, que viene el lobo'. Combatir el odio merece la pena porque te convierte en mártir y adalid. Y eso, a la fuerza, tiene que servir a Sánchez para lo que verdaderamente guionizó este akelarre victimista: tejer un (es)tupido relato con el que tapar sus vergüenzas.
Otros, como yo, somos más primarios. Nuestra inquina simplemente está, por lo que sea. ¿Cómo explicar que detesto a Gloria Fuertes? Enseguida la maquinita de Sánchez y sus Torquemadas –perdón, activistas– se volvería loca. Claro, a este fascista le repugna Gloria por fea, mujer y lesbiana. Y no, nada de eso. En mi caso es por la turra que me dio en la infancia. En mi época tenías que tragarte sí o sí a su puñetera gallinita. No teníamos una Play ni plataformas. También odiaba con toda mi alma a Marco y la mierda de mono ese que le acompañaba a todas partes. Siempre pensé que la madre no es que abandonara al crío: salió huyendo por no aguantar al sopazas del niño y al puñetero mono. Tres continentes lloriqueando por los rincones con Amedio mirando con cara de «chaval, supéralo ya». Luego se preguntan de dónde salen los adultos con mala leche. Pues de ver a un crío gimotear durante cuarenta capítulos mientras tú solo querías que empezara Mazinger Z.
Ese es mi odio. Uno artesanal, hecho con ingredientes de proximidad: programas infantiles, el vecino que tocaba la gaita a las seis de la tarde, el otro que ponía 'Cristal' a toda pastilla. Mi odio, que incluye a quien diga «ventana de oportunidad» y el olor a huevo duro, no moviliza masas. Por eso me fascina el odio tan profesional que te monta una cumbre. Porque una cosa es odiar a Marco o a Gloria Fuertes –que es gratis y hasta terapéutico– y otra muy distinta convertir el odio en combustible político. Eso es ingeniería. Funciona más o menos así: tú levantas el muro, defines a los bárbaros y luego, desde lo alto de la muralla, anuncias solemnemente que hay que resistir. Mientras tanto, la aluminosis que él mismo ha provocado en el andamiaje que sostiene la democracia se va extendiendo pero, oye, qué melodramático te ha quedado el relato.
Yo, en cambio, soy incapaz de sostener el mío. Mi odio es intermitente, caprichoso y absolutamente ridículo. Hoy (y siempre) detestaré a Gloria Fuertes y mañana, yo que sé, quizá a una activista verdulera que se las da de Lady Godiva con el brazo en cabestrillo.
Heidi (Dibujos Animados)
