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Las blancas sombras de las horas santas

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06.03.2026

Bucaramanga se está convirtiendo en una copia mala de sí misma. Insuficientemente arborizada y con sus fuentes de agua tapadas, sufrir el calor de la ciudad dejó de ser una simple circunstancia meteorológica para convertirse en una agónica experiencia existencial. Una experiencia que, por lo demás, recuerda la desidia y la mediocridad de sus autoridades.

Hace mucho tiempo corrían fuentes de agua por la ciudad; había lagunas y cantidad de chorreras que, limpias y frías, bajaban de las faldas del páramo. Así hasta que un día a alguien se le ocurrió que era mejor taparlas y cubrirlas con cemento.

Desde entonces, el asfalto ha estado hirviendo y la memoria fluvial se redujo a un rumor subterráneo que ya no refresca a nadie y que, de vez en vez, como por ejemplo sucede con la Quebrada Seca, rompe y hunde las calles desde sus profundidades.

Ese desvarío urbano revela una mentalidad que todavía impera, pero que hay que sacudirse; una mentalidad que prefiere superficies duras y grises a paisajes frescos llenos de pájaros, glorificando el concreto como si fuera una virtud cívica y no una condena térmica.

¿Hasta cuándo seguiremos creyendo que el progreso se mide en metros cúbicos de pavimento y no en algo mucho más simple, a saber, metros cuadrados de sombra? Mientras tanto, la falta de iniciativa pública resplandece con la misma claridad que el sol del mediodía.

El contraste con Bucaramanga lo ofrece Medellín, donde hace unos años se optó por........

© Vanguardia