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El guía

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09.03.2026

A Benito Mussolini lo llamaron en una época el bufón por su teatralidad, mezcla de farsa y voluntad de poder. Era “el Duce”, el guía, el “señor”, aunque terminó colgado en la plaza pública de Milán, boca abajo, junto con su amante, Clareta Petacci, que lo siguió hasta su propio sacrificio, muchos años después de llevar al paroxismo a la multitud que lo besaba y abrazaba. Un ídolo roto. Puso de moda el saludo romano para identificarse, como también hacen los comunistas con el puño en alto, el brazo extendido de los nazis, o el saludo militar que acá algunos tratan de imponer. Todos ávidos de poder, megalómanos.

Mussolini “era el verbo y el garrote”, en el país de Miguel Ángel y Leonardo da Vinci. Allí creció este italiano que gobernó a Italia por dos décadas adueñándose de las calles, “golpeando” y maltratando, porque quería gobernar solo. Por eso incitó a una violencia inédita entre los mismos italianos, que terminaron odiándose. Cuentan que para castigar a sus enemigos les daba aceite de ricino para crear una situación embarazosa y pasearlos por la calle.

Cambiaba de opinión como de camisa, era creyente y después ateo, o era ateo y después creyente, odiaba a los ricos al principio y más tarde fueron ellos los que lo protegieron. Fue socialista y luego enemigo de los trabajadores socialistas. Pero se diferenciaba de otros imitadores porque era medianamente culto, medio filósofo, medio escritor, lector, políglota y tocaba el violín. Hitler lo imitó.

Mussolini, director de periódicos, aprovechó el miedo al comunismo para movilizar e impulsar el fascismo y “marchar sobre Roma”, como hacen alguna vez todos los aprendices de dictador. Mucha gente, entonces, vio a Mussolini como el hombre capaz de restablecer el orden y encauzar el país. Pero él, en el fondo, solo quería reinar, no arreglar nada.

Tristemente, así sueñan muchos en este país lleno de narcotráfico y corrupción: unificarlo con sangre e imponer una sola ideología. Faltan los autoatentados, como ya lo hizo el italiano para aprovechar esa imagen de perseguido.

Colombia no es la Italia de la época, pero algunos sueñan con ser como Mussolini. Sueñan con un país de caudillos, como lo fue Colombia en el siglo XIX. Cientos de jefes creen que ellos deben gobernar porque sin ellos no hay paz. Pero la historia, que suele ser menos indulgente que los pueblos enardecidos, ya ha mostrado el final de esas fantasías: los caudillos prometen orden y terminan sembrando odio; prometen grandeza y dejan ruinas; prometen “salvar a la patria” y acaban devorándola.

Por eso, hoy y siempre, conviene recordar que toda nación que entrega su destino a un “salvador” corre el riesgo de despertar demasiado tarde, cuando el ídolo ya se ha convertido en tirano.


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