Estudiar en la cárcel: la oportunidad en la que casi nadie cree
En las cárceles hay cupos para cursar una carrera universitaria. Veinte sillas que cuesta llenar. No por falta de capacidad, sino de convicción. Allí hay personas con condenas de seis, quince o más años. Y la pregunta parece ser: ¿para qué estudiar cuando el horizonte es lejano?, ¿qué cambia un título si la libertad no tiene fecha cercana?
Desde afuera es fácil opinar. Vemos a alguien jugando cartas y asumimos que no quiere cambiar. Pero quizá no sea desinterés, sino miedo a ilusionarse en vano. Cuando el futuro es incierto, apostar por un título puede parecer inútil.
Estudiar es pensar en lo que viene. Y en la cárcel el tiempo no se proyecta, se sobrevive. En ese contexto, el estudio suena lejano. ¿Para qué invertir años si el antecedente penal seguirá encabezando la hoja de vida?
A eso hay que sumarle algo que casi nadie mira: muchos no tuvieron una historia escolar estable. Algunos dejaron el colegio en primaria, otros repitieron hasta cansarse, o se fueron porque nadie los sostuvo. Para varios, estudiar no es volver a una oportunidad; es regresar al lugar donde se sintieron incapaces. En cambio, jugar cartas no exige demostrar nada ni recuerda lo que no lograron.
La cárcel también tiene sus códigos. Allí todo se observa y se comenta. El que decide estudiar se expone. No siempre es fácil ser “el juicioso” o “el universitario”. Eso puede generar distancia, comentarios, o burlas disimuladas. No es un campus; cualquier decisión distinta rompe el equilibrio del grupo. En un lugar donde encajar ayuda a sobrevivir, apartarse del ritmo común no siempre resulta sencillo.
El cupo está. El cuaderno también. Lo que no siempre existe es un ambiente tranquilo para sostener esa decisión.
Hay algo que casi no se dice. Muchas veces la educación en la cárcel termina siendo un número más en un informe. Se cuenta cuántos se matriculan y cuántos terminan. Pero pocos preguntan qué pasó después. El cupo se abre, la lista se firma y el programa queda reportado. ¿Y luego? Esa persona sale con antecedentes y puertas que siguen cerradas.
La pregunta no es por qué no estudian, sino qué razones tienen para confiar en que el esfuerzo servirá. Que alguien mire el presente y no solo el pasado. Hablamos de resocialización con ligereza; lo difícil es valorarla cuando buscan trabajo.
También los ciudadanos contamos. No basta con abrir cupos. Se necesitan oportunidades reales y menos prejuicio. De lo contrario, el mensaje es claro: prepárese… pero no espere demasiado.
Mientras estudiar en la cárcel no tenga efectos visibles, el ocio seguirá imponiéndose, porque al menos no promete lo que nadie está dispuesto a cumplir.
