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Cuando el éxito de una mujer incomoda

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11.03.2026

El pasado domingo celebramos el Día Internacional de la Mujer. Durante el fin de semana estuve pensando en la lucha silenciosa que muchas mujeres seguimos dando cada día: la de ser validadas en casa, con nuestras parejas, con nuestros hijos, con nuestros jefes y compañeros de trabajo, e incluso por terceros que siguen lanzando juicios a priori sobre nuestros cuerpos, nuestras decisiones familiares o los logros que obtenemos en nuestra vida profesional.

Muchas hemos sido señaladas incluso por los cargos que ocupamos. No faltan las frases ligeras que insinúan que lo que hemos logrado se lo debemos a un hombre.

Detrás de esos comentarios aparentemente inofensivos se esconde un mecanismo social profundamente instalado: cuando una mujer alcanza posiciones de poder, todavía hay quienes buscan explicar su éxito no por su capacidad, sino por su cercanía con un hombre.

Si un hombre asciende, se habla de talento, visión o liderazgo.

Si una mujer lo hace, aparece la sospecha.

La cultura aún se resiste a aceptar que una mujer pueda ocupar espacios de poder por su inteligencia, su disciplina o su capacidad. Entonces se construye otra narrativa. Mientras el ascenso de un hombre suele asociarse con mérito o ambición, el de una mujer muchas veces se cuestiona, se relativiza o, peor aún, se sexualiza.

No es una simple broma. Es una forma de violencia simbólica.

En Colombia, las cifras muestran avances, pero también evidencian las barreras que persisten. Las mujeres ocupan alrededor del 33% de los cargos directivos en el sector empresarial, a pesar de representar una parte significativa de la fuerza laboral del país. En el sector público, la participación femenina en cargos directivos alcanza cerca del 48%, acercándose a la paridad.

Pero llegar no significa ser plenamente reconocida.

Muchas mujeres que alcanzan posiciones de liderazgo deben demostrar una y otra vez que merecen estar allí. Sus decisiones suelen ser más cuestionadas, sus errores más visibles y sus logros más fácilmente atribuidos a factores externos. Con demasiada frecuencia, su trayectoria termina reducida a rumores que intentan explicar su éxito a través de relaciones personales.

Es una forma “elegante” de decir: no creemos que haya llegado sola.

Y lo paradójico es que múltiples estudios han demostrado que las organizaciones con mayor participación femenina en liderazgo tienen hasta un 25% más de probabilidades de superar la rentabilidad promedio de su industria.

No es solo una cuestión de justicia. También es una cuestión de inteligencia.

Mientras una mujer tenga que demostrar que su talento es real y no “sospechoso”, la igualdad seguirá siendo una promesa incompleta. Porque el problema nunca ha sido que las mujeres lleguen lejos, sino que todavía hay sociedades que no saben cómo explicar su grandeza sin recurrir al viejo guión del poder masculino.


© Vanguardia