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Cómo logran los carteles reclutar, fidelizar y atraer a la violencia a decenas de miles de jóvenes mexicanos

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02.03.2026

Con el supuesto fallecimiento del líder del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG), se ha desatado una ola de inestabilidad y violencia. Pese a ello, los operativos militares y los actos de “retribución” de los seguidores del capo están poniendo al desnudo el éxito del “poder blando” (soft power) del crimen organizado.

Lo que nos lleva a plantearnos la siguiente cuestión: ¿por qué un joven decide tomar un rifle y quemar un vehículo en una vía pública? La respuesta no es solo económica; es profundamente psicosocial.

La fidelidad como producto de consumo

La narcocultura ha diseminado un imaginario donde la adhesión al cartel se presenta como un rito de paso hacia la vida adulta y la relevancia. Según datos de la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM), se estima que entre 30 000 y 45 000 menores de edad han sido reclutados por grupos delictivos. Esto obedece a una estrategia corporativa bien diseñada para atraer y captar, que en el último lustro se ha incrementado, según palabras del colectivo de madres buscadoras (grupo informal voluntario organizado para buscar a familiares desaparecidos) en México.

Esta fidelidad no nace del vacío, sino de una estética de la lealtad que los corridos y las redes sociales glorifican.

El cartel se vende como una estructura de cuidado que el Estado no provee. Para el joven que incendia una calle, ese acto de terrorismo es, en su psique distorsionada, una prueba de valor y pertenencia a una familia. Una tribu que sí lo ve, aunque sea para usarlo como carne de cañón.

Hay una fractura en el tejido social, que tiene que ver con el papel de la familia, relacionada, en el pasado inmediato, con una formación rígida y poco afectiva. Y, en la actualidad, con una sobreprotección, pero a la vez, ajena e invisible hacia sus “crías”.

Narcocultura, violencia y el mito del sicario

La relación entre narcocultura y sicariado es una simbiosis de deshumanización. La cultura del narco ha logrado “estetizar” la violencia. El sicario no se ve a sí mismo como un asesino, sino como un “guerrero” o como actor necesario en un........

© The Conversation