¿Heredamos los traumas de nuestros padres? No exactamente
La idea de que los traumas “pasan” de padres a hijos resulta muy atractiva. Sin embargo, a día de hoy la neurociencia no ha demostrado que heredemos el recuerdo de una guerra, de una agresión o de una pérdida sufrida por nuestros antepasados, aunque existen estudios que indican que la biología y el entorno sí que pueden influir.
Dicho de un modo muy general, lo que se transmite entre generaciones no es el trauma en sí, sino una mayor sensibilidad (o una adaptación) de los sistemas que regulan el miedo y el estrés, transmisión que puede producirse a través de la convivencia familiar, del ambiente prenatal y, quizá, de ciertos mecanismos epigenéticos cuya importancia en humanos todavía son motivo de debate.
Además, cuando una experiencia origina un trastorno de estrés postraumático, no queda grabada en una única, digamos, “zona del miedo”.
El trauma deja huella en el cerebro
Hay estudios de neuroimagen que describen alteraciones en regiones tales como la amígdala y la corteza prefrontal. La primera está implicada en detectar amenazas y la segunda en regular las emociones y cancelar las respuestas de miedo que ya no son útiles. También participa el hipocampo, una estructura del cerebro muy importante para situar los recuerdos en su contexto.
Todas estas zonas forman parte de redes cerebrales que se activan para detectar qué estímulos son relevantes y para regular nuestra respuesta en relación con la experiencia (las llamadas redes de saliencia, de control ejecutivo y de procesamiento........
