A los bancos centrales les tiemblan las piernas
Durante décadas, los bancos centrales han hablado antes que nadie, diciendo lo que había que hacer y con la prepotencia típica de quien está seguro de que posee la verdad absoluta. Sus directivos han actuado siempre como árbitros de la política económica en general y únicos custodios de la credibilidad institucional.
Por eso sorprende tanto la cautela e incuso el mutismo actual. La presidenta Lagarde habla con desconocida modestia: «simplemente no podemos ofrecer una orientación«. En la Reserva Federal, Powell, en lugar de pontificar como era habitual, se ha limitado a subrayar «la incertidumbre que rodea el shock del petróleo».
Estos días, los bancos centrales dan la imagen del jugador que mira desde el banquillo sin saber si el entrenador le va a pedir que salga al campo ni qué deberá hacer si tiene que jugar.
Una actitud muy distinta a la que adoptaron cuando estalló la guerra en Ucrania y los precios de la energía se dispararon. Inmediatamente mantuvieron que la inflación era de naturaleza monetaria y respondieron con su único instrumento: la subida de tipos. Sin importarle que la inflación tuviera un origen claramente externo; ni que subir el precio del dinero sobre unos costes energéticos ya disparados supusiera añadir más leña al fuego.
Prepotencia injustificada
La tradicional actitud prepotente de los bancos centrales ha sido siempre, cuando menos, llamativa, porque todos ellos cargan con un largo historial de predicciones erróneas y de consecuencias devastadoras.
Powell insistió en que la inflación postpandémica era «transitoria». No lo era. La presidenta Lagarde aseguró que sería «muy improbable» una subida de tipos en 2022. Los subió ese mismo año. El Banco de la Reserva de Australia prometió públicamente que los tipos no subirían hasta 2024; los subió en 2022.
No son anécdotas aisladas. Los estudios académicos muestran que las proyecciones de los principales bancos centrales han estado sistemáticamente sesgadas en la misma dirección (mostrando escenarios más optimistas que la realidad) y que sus errores, casualmente, siempre tienden a favorecer al sector financiero y a los grandes capitales.
Más independencia y poder, peor rendimiento
Es muy significativo que los grandes errores y fracasos de los bancos centrales se hayan producido precisamente cuando han........
