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Por una política ética: la poli-ética, por Enrique Ramón Díaz

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01.03.2026

Por una política ética: la poli-ética, por Enrique Ramón Díaz

Correo: [email protected]

Dado que la política partidista se ha deteriorado tanto a tal punto de ser considerada incluso como lo peor, y de la cual reniegan muchos en la sociedad, entonces, lo más lógico sería pensar en otra concepción que la complemente; y, con ello, otro comportamiento a través del nuevo concepto.

Dicho rechazo no es de ahora como lo evidencia, por ejemplo, Shakespeare (s. XVII) en su obra Hamlet quien le atribuye mollera y no cerebro a los políticos, los relaciona con Caín —el que cometió el primer crimen— y con la capacidad de enredar al mismo Dios.

Vista así la cosa, hago la salvedad de que los partidos políticos; aún bajo cuestionamiento, siguen siendo un fundamento primario de la democracia. Pues, sin ellos, como diría Betancourt, el pueblo sería una simple entelequia (una masa amorfa sin dirección estratégica).

Vista así la cosa, hago la salvedad de que los partidos políticos; aún bajo cuestionamiento, siguen siendo un fundamento primario de la democracia. Pues, sin ellos, como diría Betancourt, el pueblo sería una simple entelequia (una masa amorfa sin dirección estratégica).

Ahora bien, entre las cosas que han alimentado esta mala apreciación se incluye la responsabilidad de una sociedad —inculta políticamente— que repite o defiende algo sin reflexionar; pero, sería distinto con aquella pregunta juiciosa que indaga en la palabra la realidad que enuncia; lo cual es propiamente ético, sí, cerciorarse de aquello que se cree válido.

O sea, se trata de no convencerse de que algo es blanco sin pedir que se le muestre lo blanco. Y he aquí lo extraordinario: obligar al político a que hable menos, y a que escuche y piense y sea honesto al hablar.

De ahí que, la ética puede producir efectos políticos muy grandes; y juntos, entrelazados en una poli-ética, construirían una elevada consciencia social.

Dicho neologismo, ampliamente visualizado en el libro Bio-eco-docencia, de mi autoría, reconoce que la «buena política» es indesligable de la civilización, de la convivencia humana y, asimismo, de aquel desarrollo social en el que cualquiera no ha de ser representante político, gremial, vecinal, etc.; vigilando de esta manera aquel oportunismo que tanto daño causa.

En correspondencia ¿no debería el Estado abordar este tipo de propósito?; promoviendo por ejemplo la entereza moral y la honestidad como forma de vida.

Y, fundamentalmente, aquella meritocracia que implica «la debida recompensa» a quien con esfuerzo y constancia bien se lo merece frente aquel pensamiento mediocre —y de ahí la mediocracia: poder de la mediocridad— que caracteriza a las tiranías.

Por cierto, que, bajo ese precepto es que se limita el nivel de conocimiento para ocupar cargos públicos; y por ende no solo se priva, sino que, se persigue e incluso encarcela toda sabiduría superior o alta moral educativa.

Por cierto, que, bajo ese precepto es que se limita el nivel de conocimiento para ocupar cargos públicos; y por ende no solo se priva, sino que, se persigue e incluso encarcela toda sabiduría superior o alta moral educativa.

Así, en la revolución chavo-madurista, fueron eliminados los concursos de oposición y méritos para ingresar y ascender en el campo docente, judicial, etc. y ya no fue necesario el perfil ciudadano para integrar otros puestos de mayor relevancia (ministros, legisladores…), sino la obediencia ciega a su trágica revolución.

Ahora bien, una sociedad educada poliéticamente, desde la escuela, sería más consciente de los valores democráticos y de las garantías de un país económicamente próspero, con justicia, libertades públicas, meritocracia, pluralidad, alternancia en el poder y el respeto al que piensa diferente.

*Lea también: Contenidos para el acuerdo de gobernabilidad, por Marino J. González R.

Al final, se trata de escolarizar la ética en aquello que comprende la funcionalidad eficaz del Estado. Y ello pasa por el tratamiento pedagógico de la «incultura política» —ya planteado por el maestro Simón Rodríguez—; dado que, un país postrado en esa condición si alcanza cierto progreso social, pronto volvería a perderlo.

Enrique R. Díaz es doctor en Educación y autor del libro, “Bio-Eco-docencia: Dialógica, Pedagogía y Política”.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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