Por una polÃtica ética: la poli-ética, por Enrique Ramón DÃaz
Por una polÃtica ética: la poli-ética, por Enrique Ramón DÃaz
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Dado que la polÃtica partidista se ha deteriorado tanto a tal punto de ser considerada incluso como lo peor, y de la cual reniegan muchos en la sociedad, entonces, lo más lógico serÃa pensar en otra concepción que la complemente; y, con ello, otro comportamiento a través del nuevo concepto.
Dicho rechazo no es de ahora como lo evidencia, por ejemplo, Shakespeare (s. XVII) en su obra Hamlet quien le atribuye mollera y no cerebro a los polÃticos, los relaciona con CaÃn —el que cometió el primer crimen— y con la capacidad de enredar al mismo Dios.
Vista asà la cosa, hago la salvedad de que los partidos polÃticos; aún bajo cuestionamiento, siguen siendo un fundamento primario de la democracia. Pues, sin ellos, como dirÃa Betancourt, el pueblo serÃa una simple entelequia (una masa amorfa sin dirección estratégica).
Vista asà la cosa, hago la salvedad de que los partidos polÃticos; aún bajo cuestionamiento, siguen siendo un fundamento primario de la democracia. Pues, sin ellos, como dirÃa Betancourt, el pueblo serÃa una simple entelequia (una masa amorfa sin dirección estratégica).
Ahora bien, entre las cosas que han alimentado esta mala apreciación se incluye la responsabilidad de una sociedad —inculta polÃticamente— que repite o defiende algo sin reflexionar; pero, serÃa distinto con aquella pregunta juiciosa que indaga en la palabra la realidad que enuncia; lo cual es propiamente ético, sÃ, cerciorarse de aquello que se cree válido.
O sea, se trata de no convencerse de que algo es blanco sin pedir que se le muestre lo blanco. Y he aquà lo extraordinario: obligar al polÃtico a que hable menos, y a que escuche y piense y sea honesto al hablar.
De ahà que, la ética puede producir efectos polÃticos muy grandes; y juntos, entrelazados en una poli-ética, construirÃan una elevada consciencia social.
Dicho neologismo, ampliamente visualizado en el libro Bio-eco-docencia, de mi autorÃa, reconoce que la «buena polÃtica» es indesligable de la civilización, de la convivencia humana y, asimismo, de aquel desarrollo social en el que cualquiera no ha de ser representante polÃtico, gremial, vecinal, etc.; vigilando de esta manera aquel oportunismo que tanto daño causa.
En correspondencia ¿no deberÃa el Estado abordar este tipo de propósito?; promoviendo por ejemplo la entereza moral y la honestidad como forma de vida.
Y, fundamentalmente, aquella meritocracia que implica «la debida recompensa» a quien con esfuerzo y constancia bien se lo merece frente aquel pensamiento mediocre —y de ahà la mediocracia: poder de la mediocridad— que caracteriza a las tiranÃas.
Por cierto, que, bajo ese precepto es que se limita el nivel de conocimiento para ocupar cargos públicos; y por ende no solo se priva, sino que, se persigue e incluso encarcela toda sabidurÃa superior o alta moral educativa.
Por cierto, que, bajo ese precepto es que se limita el nivel de conocimiento para ocupar cargos públicos; y por ende no solo se priva, sino que, se persigue e incluso encarcela toda sabidurÃa superior o alta moral educativa.
AsÃ, en la revolución chavo-madurista, fueron eliminados los concursos de oposición y méritos para ingresar y ascender en el campo docente, judicial, etc. y ya no fue necesario el perfil ciudadano para integrar otros puestos de mayor relevancia (ministros, legisladores…), sino la obediencia ciega a su trágica revolución.
Ahora bien, una sociedad educada poliéticamente, desde la escuela, serÃa más consciente de los valores democráticos y de las garantÃas de un paÃs económicamente próspero, con justicia, libertades públicas, meritocracia, pluralidad, alternancia en el poder y el respeto al que piensa diferente.
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Al final, se trata de escolarizar la ética en aquello que comprende la funcionalidad eficaz del Estado. Y ello pasa por el tratamiento pedagógico de la «incultura polÃtica» —ya planteado por el maestro Simón RodrÃguez—; dado que, un paÃs postrado en esa condición si alcanza cierto progreso social, pronto volverÃa a perderlo.
Enrique R. DÃaz es doctor en Educación y autor del libro, “Bio-Eco-docencia: Dialógica, PedagogÃa y PolÃticaâ€.
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