La vergüenza de la catástrofe continuada, por Marisela Betancourt
La vergüenza de la catástrofe continuada, por Marisela Betancourt
Más de una semana después del terremoto que asoló Venezuela comienzan los dÃas de silencio. Ya el celular no se satura de mensajes y la estupefacción frente a los desentierros de vivos y muertos comienza a mermar.
Comienza el silencio y, sin embargo, el ruido se hace más fuerte. El cansancio de los presentes y los ausentes comienza a demandar atención y, la solidaridad colectiva se redirige al núcleo familiar que necesita de nuestros cuidados porque todos tenemos vÃctimas cercanas: familiares por consanguinidad o familiares de historia compartida.
No podemos comer ni trabajar. Tampoco sentarnos a leer, atender a nuestros hijos o concentrarnos en algo. No podemos dormir ni despegarnos del celular. No podemos dejar de llorar ni de sentir culpa por no estar, o de agradecer por no haber sido una misma quien perdió un hijo, o a toda su familia, o su casa, o una pierna.
Y aunque todo eso es realmente algo que no puedo hacer yo, enunciarlo en plural produce alivio. Hay algo del hecho colectivo del dolor que permite compensar la pérdida. No sólo hay dolor y culpa, también hay vergüenza. La siento yo, pero si lo enuncio de........
