Corrupción y democracias frágiles: el ciclo latinoamericano, por Hugo Borsani
Corrupción y democracias frágiles: el ciclo latinoamericano, por Hugo Borsani
La corrupción es una constante en la mayorÃa de los paÃses de América Latina. Independientemente de ideologÃas y la alternancia de partidos, la corrupción se ha mantenido persistente en gran parte de la región y en muchos casos incluso se ha incrementado.
Entre 2014 y 2024 solamente cinco paÃses de la región —Uruguay, Costa Rica, Colombia, Argentina y Rep. Dominicana— registraron una mejora en el Ãndice de Percepción de Corrupción de Transparencia Internacional. En Paraguay el Ãndice no registra variación, mientras que en el resto de los 14 paÃses la percepción de corrupción aumentó.
El abuso de poder a gran escala por parte de altos cargos de gobiernos, de la burocracia pública y grandes empresas privadas contribuye a minar la confianza de los ciudadanos en sus representantes y en el conjunto de las instituciones democráticas.
Cómo se expresa la corrupción
La corrupción en América Latina adopta múltiples formas y se manifiesta en distintos niveles de la vida polÃtica, económica y social. En su expresión más visible y de mayor impacto se encuentran los grandes esquemas de corrupción que involucran a altas autoridades del Estado y a grandes empresas privadas.
Casos como el de la constructora Odebrecht, cuyas prácticas ilÃcitas se extendieron a varios paÃses de la región y salieron a la luz entre 2014 y 2016, revelaron la existencia de redes transnacionales de sobornos y financiamiento ilegal de la polÃtica. De manera similar, escándalos como el «Mensalão» y la Operación «Lava Jato» en Brasil expusieron la profundidad de estas tramas y su capacidad para atravesar gobiernos y partidos polÃticos, comprometiendo seriamente la credibilidad de las instituciones democráticas.
Una de las áreas más sensibles en las que se expresa esta dinámica es el financiamiento de las campañas electorales. La falta de regulaciones claras, transparencia y controles efectivos ha convertido al financiamiento polÃtico en una puerta de entrada privilegiada para la corrupción.
Como resultado, los procesos electorales tienden a producir gobiernos condicionados por intereses privados que, una vez en el poder, buscan recuperar su inversión mediante favores legislativos, asignaciones presupuestarias o decisiones regulatorias, debilitando asà la representación democrática.
Sin embargo, la corrupción no se limita a estos grandes escándalos. También se manifiesta en prácticas cotidianas que afectan directamente la relación entre los ciudadanos y el Estado.
Sin embargo, la corrupción no se limita a estos grandes escándalos. También se manifiesta en prácticas cotidianas que afectan directamente la relación entre los ciudadanos y el Estado.
El pago de sobornos para acceder a servicios públicos, acelerar trámites o ejercer derechos que deberÃan estar garantizados de manera universal contribuye a normalizar la ilegalidad y erosiona de forma sostenida la confianza en las instituciones públicas.
A su vez, la corrupción en América Latina trasciende el ámbito estatal y se extiende al sector privado. La evasión fiscal, las estafas a consumidores y otras prácticas fraudulentas son frecuentes y generan graves costos sociales.
Además, el avance del narcotráfico ha profundizado estas dinámicas, promoviendo la corrupción en distintos niveles del Estado y de la sociedad, reforzando un cÃrculo vicioso que socava la legalidad y la legitimidad institucional.
Deslegitimación de la democracia
Si bien la corrupción no es exclusiva del ámbito polÃtico, cuando envuelve polÃticos, miembros de gobiernos o funcionarios públicos, el impacto sobre la perdida de legitimidad de las instituciones democráticas entre la población es mayor.
La persistencia de altos niveles de corrupción en el Estado es un indicador de fallas importantes de los mecanismos de control entre las instituciones estatales, o sea, de la llamada accountability interinstitucional, una dimensión fundamental para el buen funcionamiento de la democracia liberal y representativa. Sin organismos e instituciones de control con capacidad efectiva para investigar y penalizar la corrupción, la calidad de la democracia se ve seriamente afectada.
La fragilidad o ineficiencia de las instituciones y organismos de control se manifiesta también en sanciones insuficientes, demora de los tiempos institucionales para la aplicación de las penalidades correspondientes y, en no pocos casos, la ausencia de las mismas. Esto, sin dudas, contribuye a generar sensación de impunidad y funciona como estÃmulo para la reiteración de las prácticas corruptas.
La persistencia de la corrupción, y las dificultades para penalizar de forma ejemplar y efectiva a los responsables ha influenciado en la pérdida de confianza de los ciudadanos en los partidos y liderazgos polÃticos tradicionales, e incluso en el propio sistema democrático, impulsando el apoyo electoral a partidos y dirigentes populistas.
La persistencia de la corrupción, y las dificultades para penalizar de forma ejemplar y efectiva a los responsables ha influenciado en la pérdida de confianza de los ciudadanos en los partidos y liderazgos polÃticos tradicionales, e incluso en el propio sistema democrático, impulsando el apoyo electoral a partidos y dirigentes populistas.
A comienzos de siglo estos tenÃan un perfil de izquierda (el llamado socialismo del siglo XXI), pero actualmente asumen un nÃtido perfil de extrema derecha. Se trata de movimientos y dirigentes crÃticos, no solo de los elencos polÃticos tradicionales, sino también, en mayor o menor grado, de las instituciones democráticas tradicionales, especialmente de las instituciones de control polÃtico y prestación de cuentas, como el Poder Judicial, fiscalÃas o contralorÃas, entre otros.
Estos partidos y dirigentes populistas llegan al poder, en la mayorÃa de los casos, con promesa de acabar con la corrupción heredada de «la polÃtica tradicional». No obstante, una vez en el gobierno tienden a desmantelar o cooptar los organismos e instituciones de control.
Ejemplo de ello fueron los gobiernos de Morales en Bolivia, o el gobierno del expresidente Bolsonaro en Brasil. Este último desmanteló la red de organismos anticorrupción existente porque, según él, no habÃa corrupción en su gobierno.
Con la cooptación o limitación de las instituciones y organismos de control, los gobiernos populistas tienen menos trabas para desarrollar prácticas corruptas. Y en el contexto de un régimen democrático erosionado es mayor la dificultad por parte de las instituciones para penalizar a los responsables.
La correlación entre la corrupción y la desigualdad
Las sociedades marcadas por la desigualdad social y económica son más vulnerables a la corrupción, y al mismo tiempo esta incrementa esas mismas desigualdades.
No es casual que América Latina sea considerada la región más desigual del mundo: según el informe de Oxfam para América Latina y el Caribe Riqueza sin control, democracia en riesgo. Por qué América Latina y el Caribe necesitan un nuevo pacto fiscal, el 1% de la población concentra alrededor del 45% de la riqueza regional, en un contexto de persistentes altos niveles de corrupción.
La corrupción profundiza la desigualdad porque otorga una mayor capacidad de influencia a los corruptos sobre decisiones gubernamentales y alteraciones en la legislación con el objetivo de beneficiarse.
La corrupción profundiza la desigualdad porque otorga una mayor capacidad de influencia a los corruptos sobre decisiones gubernamentales y alteraciones en la legislación con el objetivo de beneficiarse.
Esto da lugar a democracias capturadas por intereses particulares y con resultados menos eficientes para el conjunto de la población, lo que a su vez contribuye a fragilizar la confianza en la democracia como un sistema capaz de satisfacer, al menos de manera básica, las necesidades y expectativas de los ciudadanos.
La otra cara de este fenómeno es el caso de Uruguay. El paÃs latinoamericano con menor percepción de corrupción, según Transparencia Internacional, es también el que cuenta con menor grado de desigualdad de la región y la única democracia plena de América Latina, según el Ãndice de The Economist.
Y es, junto con Argentina, uno de los dos paÃses con mayor apoyo a la democracia en la región: 70% de los uruguayos manifiestan su apoyo a la democracia, comparado con una media regional de 52% según el Latinobarómetro.
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El corolario parece claro, aunque sin dudas de difÃcil ejecución: la disminución de la corrupción requiere el fortalecimiento de las instituciones y organismos de control, acompañado de una disminución de la desigualdad social.
Hugo Borsani es cientista polÃtico. Profesor de la Universidad Estatal del Norte Fluminense – UENF (Brasil). Doctor en Ciencia PolÃtica por el Instituto Universitario de Investigaciones de Rio de Janeiro – IUPERJ (actual IESP/UERJ). Postdoctorado en el Instituto de Iberoamérica de la Universidad de Salamanca.
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