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Elecciones, elecciones, elecciones, por Luis Ernesto Aparicio M.

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19.02.2026

Elecciones, elecciones, elecciones, por Luis Ernesto Aparicio M.

El título de este artículo puede sonar —casi a gritos— como una señal de angustia para cualquier ciudadano del mundo, especialmente para quienes han sufrido o continúan sufriendo la pérdida de libertades, sobre todo la libertad de escoger el sistema de gobierno que mejor conduzca los destinos de su país, o simplemente decidir, con plena elección, sobre cualquier innovación política, social o económica.

Esa carga de urgencia no es casual: desde el 3 de enero de 2026, tras el arresto del presidente Nicolás Maduro en una operación militar estadounidense y la asunción de funciones por parte de Delcy Rodríguez como presidenta encargada, una parte significativa del discurso político venezolano ha girado en torno a la exigencia de elecciones inmediatas.

Muchos dirigentes opositores, y también miembros de la sociedad civil, han planteado con insistencia que lo primero que debe ocurrir es el llamado electoral, incluso aun y cuando se reconocía a un presidente electo desde julio de 2024.

Sin embargo, antes de clamar por elecciones de manera inmediata, conviene examinar con detenimiento lo que ha ocurrido en los procesos electorales previos y, fundamentalmente, en el seno de las propias estructuras opositoras.

Sin embargo, antes de clamar por elecciones de manera inmediata, conviene examinar con detenimiento lo que ha ocurrido en los procesos electorales previos y, fundamentalmente, en el seno de las propias estructuras opositoras.

La experiencia venezolana reciente ha mostrado que la repetición de elecciones no garantiza por sí sola la restauración democrática si no van acompañadas de condiciones mínimas claras de transparencia, participación y competitividad real.

Es inevitable recordar que, en procesos como las elecciones parlamentarias y regionales de 2025, la popular coalición gobernante obtuvo amplias mayorías, mientras que la oposición, fragmentada, enfrentó decisiones estratégicas distintas —unos impulsando la participación y otros abogando por el boicot— lo que contribuyó a su debilidad institucional y a un retroceso en su representación.

Esa fractura interna ha sido una veta aprovechada por el chavismo durante años, no solo por lo ocurrido en las pasadas elecciones parlamentarias. Así, desde el régimen se ha contado con manipulación del cronograma electoral, reubicación de centros de votación, control casi absoluto de instituciones clave, y decisiones que han excluido a candidaturas opositoras o creado ventajas estructurales para el oficialismo.

Por ello, la exigencia de elecciones inmediatas, aunque válida en abstracto, debe estar acompañada de una reflexión interna profunda. La oposición necesita primero reorganizar sus fuerzas, reconstruir estructuras partidistas debilitadas, trabajar en una articulación territorial sólida e impulsar la rehabilitación de los partidos que fueron intervenidos o secuestrados por el régimen, restituyéndolos a sus dirigentes legítimos o a la dirigencia que no haya sido impuesta desde arriba.

Solo así podrá presentarse ante un cronograma electoral —el cual en Venezuela aún no tiene fechas precisas— con la certeza de que unas elecciones libres y transparentes ofrecen una posibilidad real de cambio.

El deseo o la imaginación de elecciones al mayor tiempo posible no garantiza por sí sola un cambio político genuino: ante una oposición desarticulada, incluso un proceso electoral formal puede terminar reproduciendo el statu quo que ya ha demostrado su capacidad de mantenerse en el poder.

Lo que se requiere no es solo un reclamo externo de ir a las urnas, o cronogramas para las etapas de una supuesta transición, sino una reconexión profunda con el electorado, una refundación de la organización política opositora y un compromiso claro con las bases sociales que puedan movilizar a la ciudadanía.

*Lea también: El tercer chavismo, por Fernando Mires 

En otras palabras: es válido pedir elecciones —y es probable que ni siquiera lleguen en un mediano plazo—, pero antes de pedir su convocatoria, la oposición debe trabajar para refrescar y reconstruir el puente, primero entre ellos, luego entre quienes eligen y quienes buscan ser elegidos.

En otras palabras: es válido pedir elecciones —y es probable que ni siquiera lleguen en un mediano plazo—, pero antes de pedir su convocatoria, la oposición debe trabajar para refrescar y reconstruir el puente, primero entre ellos, luego entre quienes eligen y quienes buscan ser elegidos.

Luis Ernesto Aparicio M. es periodista, exjefe de prensa de la MUD

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo.

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