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El poder como espectáculo, por Luis Ernesto Aparicio M.

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05.03.2026

El poder como espectáculo, por Luis Ernesto Aparicio M.

El 15 de enero de 2011, Hugo Chávez presentó ante el Parlamento venezolano su mensaje anual. Más que un informe de gestión fue una representación; más que una sesión institucional, parecía una reunión de amigos.

La escena era conocida: tribuna fervorosa, consignas coreadas, aplausos que interrumpían el discurso y gráficos «garabateados» por el propio orador, como si bastaran para convertir afirmaciones en verdades incontestables. Las cifras ascendían en las pantallas mientras la retórica se deslizaba entre anécdotas, cuentos llaneros de tono personal, exageraciones y promesas reiteradas.

El país real, sin embargo, era otro. La inseguridad avanzaba, la institucionalidad se erosionaba y las promesas estructurales —como la construcción de un sistema de seguridad social sólido, estable y sostenible— permanecían incompletas. La brecha entre la puesta en escena y la experiencia cotidiana comenzaba a hacerse evidente.

Pero aquel discurso no fue solo un episodio más de hipérbole política. Fue la consolidación de un estilo: la conversión de la rendición de cuentas en espectáculo. La gestión pública dejó de explicarse desde la sobriedad técnica para narrarse como epopeya. Los datos dejaron de ser instrumentos de evaluación para convertirse en piezas de una dramaturgia diseñada para reforzar lealtades.

Pero aquel discurso no fue solo un episodio más de hipérbole política. Fue la consolidación de un estilo: la conversión de la rendición de cuentas en espectáculo. La gestión pública dejó de explicarse desde la sobriedad técnica para narrarse como epopeya. Los datos dejaron de ser instrumentos de evaluación para convertirse en piezas de una dramaturgia diseñada para reforzar lealtades.

Traigo este recuerdo —quizás atravesado por la memoria del trabajo que muchos realizamos para desmontar, antes y más tarde, aquellas afirmaciones— no por ajuste de cuentas, sino porque hoy se observa una tendencia semejante en distintos escenarios políticos.

Mandatarios que convierten sus comparecencias en «shows» televisivos, que apelan a la emoción constante, que reducen la complejidad de los problemas a frases de impacto y que presentan gráficos como si fueran argumentos definitivos.

El espectáculo no es inocente. Cumple una función: desplazar el foco. Mientras la audiencia se concentra en la puesta en escena, se diluyen las preguntas esenciales sobre el cumplimiento de promesas, la eficacia institucional, la responsabilidad administrativa o, más grave aún, la lenta pero constante erosión de la democracia. La política se teatraliza y, en ese proceso, la deliberación se debilita.

Este modelo comunicacional encontró en el autoritarismo un terreno fértil. El líder no solo gobierna: interpreta. No solo informa: dramatiza. No solo responde: ataca o seduce. Y la tribuna —antes limitada a un hemiciclo— hoy se multiplica en pantallas, transmisiones en vivo y redes sociales que amplifican fragmentos sin contexto ni contraste.

La sustitución progresiva de medios profesionales por canales digitales sin filtros rigurosos ha profundizado este fenómeno. No se trata de demonizar la tecnología, sino de reconocer que la velocidad y la fragmentación favorecen la consigna sobre el argumento y la emoción sobre el análisis. En ese entorno, el espectáculo encuentra su ecosistema ideal.

*Lea también: Amnistía 2026: lecciones pendientes para la convivencia democrática, por Omar Ávila

Lo preocupante no es el estilo, sino la consecuencia. Cuando el poder se comunica como entretenimiento, la ciudadanía corre el riesgo de convertirse en audiencia. Y la democracia no está diseñada para espectadores, sino para ciudadanos críticos.

Aquel discurso de 2011 puede leerse hoy como un anticipo de una forma de ejercer y comunicar el poder que ha trascendido fronteras. El problema no es la retórica apasionada ni el carisma personal. El problema aparece cuando el espectáculo sustituye a la rendición de cuentas, cuando la épica reemplaza al balance y cuando la ovación desplaza al escrutinio y a la verdad.

La democracia exige algo más sobrio y más exigente: datos contrastables, debate real y capacidad de aceptar preguntas incómodas. Todo lo demás puede llenar auditorios con mucha gente delirando por el presentador estrella, pero no fortalece instituciones y sobre todo a las libertades individuales.

La democracia exige algo más sobrio y más exigente: datos contrastables, debate real y capacidad de aceptar preguntas incómodas. Todo lo demás puede llenar auditorios con mucha gente delirando por el presentador estrella, pero no fortalece instituciones y sobre todo a las libertades individuales.

Luis Ernesto Aparicio M. es periodista, exjefe de prensa de la MUD

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo.

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