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La guerra santa de Donald Trump, por Fernando Mires

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21.04.2026

La guerra santa de Donald Trump, por Fernando Mires

Hace unos días escribí un artículo en donde afirmó que «Trump no está loco» pues a mi juicio el presidente norteamericano persigue objetivos estipulados en la Carta de Seguridad Nacional de los Estados Unidos. Debo decir, sin embargo que, por un momento, al enterarme de la controversia desatada por Trump en contra del Papa León, llegué a pensar que el mandatario no estaba en todos sus cabales. Pero una segunda lectura puede llevar a concluir en que no es así. Mucho indica que las diatribas anti papales de Trump forman parte del proyecto de dominación mundial que intentan imponer «los tres imperios» y, por lo mismo, corresponde a una racionalidad que, aunque no sea la nuestra, no deja de ser racional.

Dicha deducción se vio reforzada cuando fueron dadas a conocer las imprecaciones (anti) teológicas lanzadas por sus dos ministros más íntimos: Peter Hegseth y J.D. Vance en contra del Papa. Entonces, la pregunta inevitable fue esta: ¿Qué objetivos persigue la administración Trump al romper el tabú de la división de poderes entre el poder secular y la potestad religiosa de la cristiandad?

Religión como ideología

Para comenzar debemos advertir que Trump no ha sido el primero –ni probablemente será el último– presidente norteamericano que recurre a nociones religiosas para justificar una guerra. Todavía late en el recuerdo la ideología que formuló el, en muchos puntos precursor de Trump, Bush Jr., cuando inventó al Eje del Mal para designar a todos los enemigos de EE UU.

Mal y Bien son conceptos religiosos y no políticos. Al formular su doctrina, Bush otorgaba a la defensa de Occidente un significado misional. Con ello pretendía señalar que hay guerras justas y no justas. Justas, según Bush, eran las libradas en contra del terrorismo internacional las que después del 11-S mantenían algún grado de credibilidad. Por eso la invasión norteamericana a Afganistán fue apoyada por la mayoría de las naciones democráticas del mundo. La misma ideología teológica utilizaría Bush al referirse a la guerra a Irak a la que intentó, además, dar una connotación defensiva utilizando la falacia de «las armas de destrucción masiva». Pero esta vez no contó con el apoyo unánime del occidente político.

Al intentar otorgar a la guerra a Irán una connotación religiosa, Trump no solo ha imitado las visiones de Bush, también las de las fracciones fundamentalistas de Israel, las visiones de Putin quien utiliza al siniestro Pope Kyril para otorgar a la invasión a Ucrania el carácter de una «Cruzada», y no por último las cosmovisiones islámicas de los tiranos de Irán quienes también han dado a la guerra que libran en contra de los EE UU. un sentido religioso. En efecto, casi no hay poder tiránico en el mundo que no haya intentado poner a Dios a su servicio, sea para justificar represiones a sus pueblos, sea para cometer genocidios o guerras de invasión.

Toda guerra necesita de una justificación. Una ideología como cobertura. Y aunque la religión, aunque no es ideología (Arendt) puede actuar, bajo determinadas condiciones, como ideología. Pues bien, eso es lo que evidentemente está intentando Trump en su guerra a Irán.

Que todas las intervenciones militares necesitan de una ideología para encubrir objetivos, no lo vamos a descubrir ahora. Para poner un ejemplo, a Trump le funcionó bien el invento de «la guerra en contra del narcotráfico» antes de actuar en contra de Maduro.

Hoy, sin embargo, ya sabemos que la extracción de Maduro no tenía nada que ver con el narcotráfico sino con un proyecto de los EE UU para comenzar a «depurar» al Hemisferio Occidental de la presencia militar de Rusia e Irán y así frenar un exceso de inversiones chinas, y, como postre, apoderarse de yacimientos estratégicos como el petróleo.

Hoy, sin embargo, ya sabemos que la extracción de Maduro no tenía nada que ver con el narcotráfico sino con un proyecto de los EE UU para comenzar a «depurar» al Hemisferio Occidental de la presencia militar de Rusia e Irán y así frenar un exceso de inversiones chinas, y, como postre, apoderarse de yacimientos estratégicos como el petróleo.

Hoy, habiendo Trump sentado posiciones en Venezuela en estrecha alianza con una fracción del chavismo, nadie se acuerda del Cartel de los Soles, del Tren de Aragua y de las barcazas de «narcotraficantes» bombardeadas en las aguas del Caribe.

Del mismo modo la guerra a Irán no tiene nada que ver con una lucha de la cristiandad en contra del extremismo islámico. Si fuera por eso los EE UU deberían haber declarado la guerra a Egipto, a Arabia Saudita, a los emiratos y a otras satrapías «suníes» enemigas de las satrapías «chiíes», sobre todo de la de Irán. Pero sí tiene que ver con la simbiosis (más que alianza) que se ha dado entre Netanyahu y Trump en la región; y eso es demasiado visible. De ahí los esfuerzos enormes que está haciendo Trump para encubrir los verdaderos propósitos de la guerra, entre ellos, inhabilitar militarmente y para siempre a Irán y a los destacamentos schiíes que asolan en la región (sobre todo en el Líbano).

Traspasando a todos los límites retóricos, Trump afirmó de modo insolente «No quiero un Papa que piense que está bien que Irán tenga armas nucleares. No quiero un Papa que piense que es terrible que Estados Unidos atacara a Venezuela».

Sobre Venezuela, ningún gobierno democrático, tampoco el Vaticano, ha defendido a Maduro. Pero la extracción, por muy necesaria que hubiera sido desde un punto de vista militar, no fue precisamente un acto legal y había que decirlo para que no sea usado como «hecho precedente» y cualquier potencia decida sacar a dictadores de sus camas. Fue un acto de guerra, la extracción, en el marco de una guerra no declarada.

Sobre Venezuela, ningún gobierno democrático, tampoco el Vaticano, ha defendido a Maduro. Pero la extracción, por muy necesaria que hubiera sido desde un punto de vista militar, no fue precisamente un acto legal y había que decirlo para que no sea usado como «hecho precedente» y cualquier potencia decida sacar a dictadores de sus camas. Fue un acto de guerra, la extracción, en el marco de una guerra no declarada.

*Les tsmbién: Trump y León XIV, por Fernando Rodríguez

Tampoco es cierto que el Papa se haya declarado a favor de que Irán tenga armas nucleares. De hecho, el Papa, al igual que todos sus predecesores está en contra de la posesión de armas nucleares en todos los países del mundo. Por cierto, armas nucleares en manos de bárbaras dictaduras, significan un peligro mundial. Pero la de Rusia y la de China o la de Pakistan son dictaduras tanto o más bárbaras que la de Irán, y si los EE UU siguen gobernados por presidentes como Trump, también pueden ser un peligro para toda la humanidad. El tema, en ese punto, debe ser el desarme nuclear,

Fernando Mires es (Prof. Dr.), Historiador y Cientista Político, Escritor, con incursiones en literatura, filosofía y fútbol. Fundador de la revista POLIS. 

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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