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Trump puede cambiar los nombres, pero no reescribir la historia

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Donald Trump parece convencido de que cambiarle el nombre a las cosas equivale a transformar la realidad. Primero decidió que el Golfo de México debía llamarse Golfo de América; después puso su atención en el lago Ontario y ahora insiste en que el estado de Nuevo México debería convertirse en Nueva América. La ocurrencia podría parecer otro episodio de extravagancia presidencial, de esos que provocan titulares, burlas y discusiones durante unas horas. Pero detrás de esa insistencia existe una cuestión más profunda: la pretensión de que una identidad nacional puede fortalecerse borrando referencias históricas que resultan incómodas para quien ejerce el poder. Trump puede proponer nuevos nombres, ordenar cambios en documentos federales y llenar las redes sociales de mapas modificados, pero no puede decretar que desaparezcan los siglos de historia que explican cómo se formaron Estados Unidos y sus territorios. Mucho menos puede convertir una decisión de mercadotecnia política en sustituto del conocimiento histórico, la autoridad constitucional o las necesidades reales de sus ciudadanos.

El lunes 19 de octubre, el presidente estadounidense reiteró públicamente su propuesta de cambiar el nombre de Nuevo México por Nueva América. No era la primera vez que lo planteaba. Desde septiembre había difundido mensajes e imágenes con esa denominación, pero ahora insistió en que la modificación debía realizarse inmediatamente. Su argumento resulta revelador: Estados Unidos no es México y, según él, sustituir el nombre otorgaría mayor prestigio al estado, elevaría el valor de las viviendas, mejoraría los ingresos de sus habitantes y fortalecería su orgullo patriótico. También aprovechó para lanzar acusaciones de fraude electoral, sin aportar pruebas que demostraran sus afirmaciones.

Es difícil encontrar una relación económica seria entre modificar el nombre de un estado y aumentar automáticamente el valor de las propiedades o los ingresos familiares. Las viviendas adquieren valor por circunstancias como su ubicación, la demanda, la infraestructura, la seguridad y las condiciones del mercado. Los salarios dependen de la productividad, la actividad económica, las inversiones y numerosas variables adicionales. Ninguna de esas realidades cambia porque una autoridad decida sustituir una palabra en los mapas. La afirmación presidencial parece responder más a la lógica de colocar una marca que a una propuesta sustentada en instrumentos reconocibles de política económica.

Pero la cuestión verdaderamente importante es histórica. Nuevo México recibió su nombre muchos siglos antes de convertirse en una entidad de Estados Unidos. Su denominación se remonta al periodo colonial español, cuando exploradores y autoridades utilizaron el término para identificar territorios situados al norte de las regiones centrales de la Nueva España. Durante el siglo XVI comenzó a consolidarse esa referencia y, en 1598, Juan de Oñate encabezó la colonización española de la provincia de Nuevo México. Es decir, el territorio ya era conocido por ese nombre mucho antes de que las trece colonias británicas proclamaran su independencia y de que existiera la república estadounidense.

Hay aquí una ironía histórica que Trump parece ignorar o considerar irrelevante. El nombre Nuevo México no surgió como una concesión de Estados Unidos a la nación mexicana independiente. De hecho, es anterior a la independencia de México, consumada en 1821. Su origen se encuentra en una historia colonial compleja, vinculada con las exploraciones españolas, las sociedades indígenas que habitaban aquellos territorios y las transformaciones políticas que posteriormente dieron forma a los países que conocemos actualmente.

La historia de Nuevo México tampoco comienza con la llegada de los españoles. Mucho antes existían comunidades indígenas con culturas, lenguas, instituciones y tradiciones propias. Los pueblos originarios de la región desarrollaron formas de organización social, actividades agrícolas, redes comerciales y expresiones culturales cuya antigüedad supera ampliamente la presencia europea. La colonización introdujo nuevas instituciones, conflictos y procesos de transformación que marcaron profundamente la región. Pretender reducir toda esa trayectoria a una discusión sobre si el nombre resulta suficientemente estadounidense supone desconocer la pluralidad de experiencias que contribuyeron a formar su identidad.

Posteriormente, Nuevo México formó parte del territorio mexicano independiente. La expansión de Estados Unidos durante el siglo XIX modificó radicalmente esa realidad. La guerra entre ambos países, desarrollada entre 1846 y 1848, culminó con el Tratado de Guadalupe Hidalgo, mediante el cual México cedió una........

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