No basta cambiarles el nombre: hay que volver a enseñar nuestra historia
La presidenta Claudia Sheinbaum volvió a incorporar este 15 de septiembre los nombres de varias mujeres de la Independencia en la arenga presidencial. Mencionó a Josefa Ortiz Téllez-Girón, Leona Vicario, Gertrudis Bocanegra y Antonia Nava, “La Generala”, entre otras figuras de nuestra historia. El propósito de reconocer a las heroínas es comprensible y responde además a una reivindicación largamente pendiente: durante demasiado tiempo la narrativa nacional habló casi exclusivamente de los hombres de la Independencia y dejó en segundo plano a muchas mujeres que participaron, conspiraron, financiaron, informaron, curaron, abastecieron, combatieron y padecieron prisión y persecución. Pero quizá precisamente por eso valga la pena llevar la reflexión mucho más lejos. No basta con cambiar la manera de nombrarlas ni con incorporarlas durante algunos segundos a una ceremonia. Hay que volver a enseñar quiénes fueron y, más aún, recuperar con seriedad la enseñanza de nuestra historia patria.
El caso de Josefa Ortiz resulta ilustrativo. Generaciones enteras la conocimos como Josefa Ortiz de Domínguez o, simplemente, como la corregidora. Sheinbaum ha optado por llamarla Josefa Ortiz Téllez-Girón, recuperando sus apellidos propios y evitando que su identificación histórica dependa del apellido matrimonial. No hay nada históricamente incorrecto en ello. Su protagonismo en la conspiración de Querétaro y en el inicio del movimiento insurgente pertenece a ella, no a su marido. Pero también es cierto que “Josefa Ortiz de Domínguez” forma parte desde hace dos siglos de la memoria histórica mexicana. Una cosa es explicar correctamente quién fue y recuperar su identidad propia, y otra muy distinta imaginar que basta modificar la forma en que pronunciamos su nombre para rescatar su legado. La verdadera reivindicación empieza cuando un niño, un joven o un adulto sabe por qué Josefa arriesgó su libertad, qué ocurrió cuando la conspiración fue descubierta y por qué su intervención ayudó a precipitar el levantamiento.
En Jalisco tenemos un ejemplo todavía más cercano y entrañable: Rita Pérez de Moreno. El Congreso del Estado la registra como Rita Pérez Jiménez de Moreno y también históricamente como Rita Pérez de Moreno. Su nombre completo fue María Rita de la Trinidad Pérez-Franco Jiménez. Fue esposa de Pedro Moreno, sí, pero reducirla a ese vínculo sería profundamente injusto. Cuando Pedro se incorporó a la insurgencia, Rita decidió acompañarlo con sus hijos, participó en la vida del Fuerte del Sombrero, atendió a las tropas, administró y distribuyó víveres y padeció junto con su familia los horrores de la guerra. Su actuación tiene méritos propios y está reconocida en la memoria institucional de Jalisco.
¿Necesitamos entonces convertirla simplemente en Rita Pérez o Rita Pérez Jiménez para hacerle justicia? Puede utilizarse cualquiera de esas formas si se explica correctamente de quién hablamos, pero quizá Rita Pérez Jiménez de Moreno conserve mejor su identidad propia y, al mismo tiempo, la referencia histórica a una pareja que compartió una causa y pagó un precio extraordinario por ella. Pedro Moreno tampoco necesita desaparecer para que Rita crezca. Ambos son baluartes heroicos de Jalisco y ambos merecen ser conocidos por las nuevas generaciones. La historia no tendría que convertirse en una competencia matrimonial donde para reconocer a la mujer debamos disminuir al marido o para reconocer al marido volvamos a colocar a la mujer detrás de él. La mejor historia no borra relaciones; las explica.
Con Leona Vicario ocurre algo distinto. A ella casi nunca la conocemos por su nombre completo: María de la Soledad Leona Camila Vicario Fernández de San Salvador. Formó parte de Los Guadalupes, suministró información, recursos y apoyo a la insurgencia, sufrió confiscación de su fortuna y prisión, y después se incorporó al movimiento junto con Andrés........
