El pseudo emperador que se queda solo; guerras inútiles del tirano que confundió fuerza con control
Hay momentos en la historia donde las grandes potencias dejan de percibir la diferencia entre liderazgo y dominación. Y ahí comienza el problema. Porque el poder que durante demasiado tiempo logra imponer condiciones termina cayendo en una tentación peligrosa: creer que su fuerza no solamente le permite mandar, sino definir la realidad misma. Peor aún: asumir que sus decisiones dejan automáticamente de ser discutibles y empiezan a convertirse casi en dogma. Ahí es donde los imperios empiezan a deformarse. Y quizá eso es exactamente lo que hoy comienza a ocurrir con Donald Trump y una parte del aparato político estadounidense que volvió a instalarse en Washington bajo la lógica de que el mundo debe alinearse, obedecer o someterse a la presión económica, militar, tecnológica y diplomática de Estados Unidos.
El problema es que el mundo ya no es el mismo. Y Europa acaba de empezar a demostrarlo. Durante décadas, Washington operó bajo la comodidad estratégica de una Europa disciplinada, dependiente militarmente, alineada comercialmente y políticamente contenida dentro de la órbita atlántica. Pero algo empezó a romperse. No de manera estridente todavía, pero sí profunda. Europa ya no solamente duda: empieza a soltarse, a diversificar relaciones, a dialogar más con otras potencias, a explorar márgenes propios e incluso a construir posiciones menos subordinadas frente a Washington y, en algunos casos, abiertamente enfrentadas. Porque también entendió algo inquietante: Estados Unidos ya no actúa solamente como aliado; empieza a actuar como fuerza descontrolada que exige sumisión y obediencia.
Y ahí aparece Trump. Su lógica política ya no es únicamente nacionalista. Empieza a adquirir rasgos casi imperiales. El problema no es solo que quiera imponer aranceles, sanciones o presiones comerciales. El problema es la idea de fondo: que Estados Unidos tiene derecho automático a definir cómo deben comportarse aliados, mercados, regiones enteras e incluso organismos internacionales. Groenlandia fue una señal grotesca de eso. La presión comercial sobre Europa también. La confrontación permanente con China otra más. El endurecimiento sobre Irán. La tensión alrededor de Ormuz. La utilización absoluta del conflicto Israel–Palestina bajo lógica geopolítica. Todo empieza a formar parte de una misma visión: la del poder que ya no negocia desde equilibrio, sino desde imposición.
Y alrededor de esa lógica reaparecen también las viejas fanfarronadas del líder que comienza a confundirse con su propio personaje. El político que ya no solamente quiere gobernar, sino ocupar todo el escenario. El........
