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El empoderamiento trastornado le teme a las ideas

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26.06.2026

Hace casi dos mil quinientos años, Atenas condenó a muerte a un hombre de setenta años. No había encabezado una rebelión. No dirigía un ejército. No conspiraba para tomar el poder. No pretendía convertirse en gobernante. Su mayor delito consistía en hacer preguntas. En sembrar dudas donde otros exigían certezas. En enseñar a los jóvenes a pensar por sí mismos. Aquel hombre se llamaba Sócrates. La acusación formal hablaba de corromper a la juventud y de impiedad. La verdadera razón era mucho más profunda: el poder había descubierto que las ideas resultan mucho más peligrosas que las espadas.

Han transcurrido veinticinco siglos y, sin embargo, esa lección conserva una vigencia extraordinaria. Los regímenes cambian. Las ideologías cambian. Los sistemas políticos evolucionan. Los nombres de los gobernantes se suceden unos a otros. Pero existe una constante histórica que atraviesa prácticamente todas las épocas: cuando el poder pierde el equilibrio y se transforma en empoderamiento trastornado, termina temiéndole menos a la oposición organizada que al pensamiento libre.

Porque la oposición puede dividirse, desacreditarse o derrotarse en las urnas. Las ideas no. Las personas pueden encarcelarse, exiliarse o incluso ejecutarse. Las ideas sobreviven a quienes las conciben. Se transmiten. Se reproducen. Se transforman. Se fortalecen. Viajan de una generación a otra. Y, cuando logran instalarse en la conciencia colectiva, terminan modificando la historia.

Por eso Sócrates fue condenado. Por eso Jesús fue crucificado. Por eso Galileo fue sometido a juicio. Por eso Martín Lutero fue perseguido. Por eso Gandhi fue encarcelado. Por eso Martin Luther King fue asesinado. Por eso Nelson Mandela pasó casi tres décadas en prisión. Por eso Václav Havel fue encarcelado por un régimen que comprendía perfectamente el peligro que representaba un hombre armado únicamente con palabras. Ninguno de ellos dirigía un ejército cuando comenzaron a incomodar al poder. Todos compartían, sin embargo, una característica común: hacían pensar. Y pocas cosas inquietan más a un poder trastornado que una sociedad que comienza a pensar por sí misma.

No hace falta mirar únicamente........

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