La gracia de gobernar
Hace unos días en un vuelo, vi La Grazia, la más reciente y aclamada producción del director italiano Paolo Sorrentino. Lejos de los clichés redundantes sobre las campañas electorales, las maquinaciones partidistas o la burda y descarnada lucha por el poder, la película se adentra en un territorio intelectual mucho más complejo de la vida pública contemporánea: el momento en que la alta política se encuentra cara a cara con la conciencia individual.
En una época global dominada por liderazgos estridentes, histriónicos y profundamente polarizadores, que parecen competir diariamente por demostrar quién grita más fuerte o quién descalifica con mayor eficacia, Sorrentino opta por una subversión estética absoluta: la contención.
El cineasta napolitano construye a un presidente de la República Italiana —interpretado con una sutileza magistral por Toni Servillo— que casi nunca levanta la voz; un hombre de Estado que duda, que escucha con atención litúrgica, que reflexiona en la solemnidad de su despacho y que asume, con una madurez conmovedora, que cada decisión de gobierno deja heridas inevitables en el tejido social.
Gobernar, nos sugiere el filme en cada uno de sus encuadres, consiste precisamente en la trágica y solitaria lucidez de elegir con precisión quirúrgica cuál de esas heridas puede soportar una sociedad en un momento histórico determinado.
La crítica cinematográfica internacional ha celebrado con justicia este giro radical en la filmografía del director. Muchos coinciden en que Sorrentino abandona intencionalmente el barroquismo visual, el esteticismo hedonista y la opulencia operística de La gran belleza para entregar una pieza mucho más contenida, minimalista y severa, donde el silencio pesa sustancialmente más que la retórica discursiva y donde la fragilidad humana resulta infinitamente más poderosa que la grandilocuencia del cargo.
La puesta en escena privilegia de manera contundente la responsabilidad moral sobre el teatro político; la reflexión íntima y descarnada sobre el espectáculo efímero de las masas.
La trama sitúa al presidente Mariano De Santis —un católico de convicciones profundas, antiguo y brillante jurista apodado en los círculos políticos como “Cemento armato” por su rigor doctrinario— ante dos dilemas moralmente extenuantes en el crepúsculo de su mandato constitucional: la promulgación de una polémica ley sobre la eutanasia y la resolución de dos indultos presidenciales extraordinarios por homicidio cometidos en circunstancias de extrema excepcionalidad.
Mientras........
