Claudia, su vuelo en aerolínea comercial y la obsesión por la hiperconectividad
Napoleón, Julio César y Alejandro Magno —paradigmas del liderazgo— demostraron que, si bien el poder personal es efímero, la arquitectura de un Estado viable debe ser permanente y funcional en cualquier circunstancia.
Una gobernanza robusta es aquella que mantiene su eficacia tanto si el líder está presente en la toma de decisiones, como si se ausenta temporalmente, incluso cuando dicha ausencia coincida con momentos de crisis.
La gobernabilidad en la antigüedad y en la era napoleónica se basaba en la delegación absoluta y en la autonomía institucional, simple y sencillamente porque no había otra opción.
Cuando Alejandro Magno extendió sus campañas hacia Persia —o cuando Julio César se internó en las Galias y Britania—, la comunicación con sus centros de poder (Macedonia o Roma) demoraba semanas o meses en completarse por mar o tierra. Pese a ello, aquellas instituciones funcionaban con notable eficacia, sin que los líderes más importantes se vieran obligados a intervenir minuto a minuto en la gestión cotidiana del Estado.
El sistema funcionaba porque se aceptaba que el líder operaba en una realidad temporal distinta, ocupado en asuntos fundamentales para la estructura de aquellas poderosas naciones.
Claro está, el sistema no era infalible — pero, la verdad sea dicha, fallaba incluso con el dirigente presente en el centro del poder—. Fuera lo que fuere, se trataba de sistemas bastante eficaces porque su solidez residía en la capacidad de las instituciones para superar la ausencia física del mando.
Con Napoleón —otro líder paradigmático— nació en Francia el Estado moderno; ello a pesar de que el emperador dedicaba gran parte de su tiempo y energía a combatir en las estepas rusas o en las arenas de Egipto.
Aquella maquinaria administrativa funcionaba por sí sola: Napoleón diseñó un Estado tan........
