Abismal diferencia de Paloma y Abelardo con Cepeda
Tenía heridas en la cabeza, las piernitas fracturadas y señales inequívocas de haber sido violada. En sus escasos seis meses de vida, conoció el aterrador rostro de la aberración, la maldad y la indiferencia más hiriente.
Se llamaba Mía Cathaleya, un nombre demasiado rebuscado para una niña que trajeron al mundo para someterla a una infernal cadena de torturas.
La imagino con la cara bañada en lágrimas y moquita, llorando sin consuelo y recibiendo golpes para callarla.
No satisfecho con las palizas, el depravado la agarraría con fuerza, como si pudiese resistirse, y la violaría sin contemplaciones.
El privilegio de elegir
Lo que está en juego este domingo
Al borde del acantilado
¿Podrá la ‘boa constrictor’ acabar con el castrismo?
La victoria electoral puede estar donde nadie está mirando
Carta abierta de un abelardista a todos los colombianos
Cuando el ego ocupa el lugar de Colombia
Incomprensible que un hombre disfrute abusando de una bebé, que desprecie tanto a un ser indefenso que solo debería provocar ternura. Y más incomprensible resulta aún el silencio de la mamá, tan criminal como el asesino, y el de los cobardes testigos.
Algún vecino, un visitante de ese hogar de monstruos, tuvo que escuchar algo, sospechar que la niña recibía malos tratos. Pero no........
