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Abismal diferencia de Paloma y Abelardo con Cepeda

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30.05.2026

Tenía heridas en la cabeza, las piernitas fracturadas y señales inequívocas de haber sido violada. En sus escasos seis meses de vida, conoció el aterrador rostro de la aberración, la maldad y la indiferencia más hiriente.

Se llamaba Mía Cathaleya, un nombre demasiado rebuscado para una niña que trajeron al mundo para someterla a una infernal cadena de torturas.

La imagino con la cara bañada en lágrimas y moquita, llorando sin consuelo y recibiendo golpes para callarla.

No satisfecho con las palizas, el depravado la agarraría con fuerza, como si pudiese resistirse, y la violaría sin contemplaciones.

El privilegio de elegir

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¿Podrá la ‘boa constrictor’ acabar con el castrismo?

La victoria electoral puede estar donde nadie está mirando

Carta abierta de un abelardista a todos los colombianos

Cuando el ego ocupa el lugar de Colombia

Incomprensible que un hombre disfrute abusando de una bebé, que desprecie tanto a un ser indefenso que solo debería provocar ternura. Y más incomprensible resulta aún el silencio de la mamá, tan criminal como el asesino, y el de los cobardes testigos.

Algún vecino, un visitante de ese hogar de monstruos, tuvo que escuchar algo, sospechar que la niña recibía malos tratos. Pero no........

© Revista Semana