De taches y otras leyendas
Hay un lugar al que he llegado sin darme cuenta, después de muchos desvíos, muchas búsquedas y muchas versiones de mí misma que hoy puedo mirar con, sí, con ternura. Es un lugar espectacular, luminoso, sin aplausos ni frases motivacionales enmarcadas o instagrameables. Es un lugar bastante más sencillo, acogedor a su manera y, por eso mismo, más complejo de habitar, porque se desliga de todo el ruido exterior y me lleva a las profundidades de mi propio océano, que no siempre está en calma, pero donde el agua es tibia y las olas se mueven desde el vaivén de lo aprendido; un lugar donde puedo mirarme a los ojos y decir, sin drama y sin soberbia: soy suficiente.
¡Qué tortuoso es vivir desde el otro lado! ¡Cuánto tiempo he invertido, sin saberlo, en ocupar mis propios espacios! ¡Qué carrera veloz la que me he dado, desde que recuerdo, para parecerme a lo que creo ser! Pararse frente a mi sombra y reconocerla con gratitud es extremadamente doloroso, exigente y a la vez inmensamente valioso. Soy suficiente para mí, sí, y no lo digo porque piense o suponga que llegué a donde sea que hay que llegar. ¡Jum! Siempre tengo la buena sensación de que la eterna caminata es la que les da sentido a todas las perspectivas inmarcesibles que plantea la vida. Me siento suficiente no porque crea que ya entendí o porque me sienta iluminada, convertida en una versión prémium de mí. Lo digo porque hoy puedo abrazarme así: sintiéndome completa con lo que soy, incluso con mis vacíos extremos, con las dudas evidentes, que hacen parte del camino, con lo que sigue en el proceso, con lo que suele no tener nombre.
La sociedad y la cultura, en cambio, se toman su tiempo para enseñarnos todo lo contrario. Nos entrenan para sentir que siempre falta algo. Qué falta de juventud, qué falta de delgadez, qué falta de éxito, qué falta de pareja, qué........
