Un estorbo llamado Duvalier
Voy a empezar por la parte positiva. El comportamiento del pueblo colombiano en la última semana ha sido ejemplar. Conmueve ver la ola de solidaridad nacional en torno a una tragedia colosal. Cada uno aportando desde su lugar: unos donando, otros removiendo escombros y cientos de voluntarios pendientes de colaborar en lo que haga falta.
No me lo han contado: he visto cómo mis allegados, los del Valle del Cauca y los de Bogotá, interrumpieron su vida para servir. Y, así como ellos, millones más en todo el país y en el extranjero se volcaron a ayudar a quienes lo necesitan.
Pero nunca falta el garbanzo negro. El malintencionado que, en pleno derroche de virtudes, se atraviesa para recordarnos que la condición humana, así como es capaz de lo mejor, también es capaz de lo peor. Ese que, empujado por su abyección, rompe un momento sublime con un ridículo.
Y en esta tragedia, lamentablemente, hemos contado con varios de esos desubicados. La mayoría —y nadie se sorprenda— son políticos. Una serie de pantalleros que, en la hora más oscura, han salido cámara en mano para quitarles el protagonismo a las víctimas en pro de su vanidad. Cazadores de votos, likes y views empeñados en encontrar las más variadas formas de figurar. De impedir que quienes saben hacer las cosas las hagan bien.
A construir una Gran Colombia otra vez
La verdadera cara de........
