Que la ola de calor no nos distraiga de la ola de fascismo
Hace calor. En el salón de actos de un instituto no climatizado al Sur de Madrid, el alumnado de primero de la ESO presenta un libro con los relatos que han estado escribiendo a lo largo del curso. Muchos de ellos no han nacido aquí, muchas otras son hijas de migrantes. Se ríen y hacen el gamberro. Recitan y se ponen tímidos.
Tienen 12, 13, hasta 14 años, prácticamente la misma edad que tendría Aylan Kurdi, el niño que conocimos ya muerto en la playa, allá por 2015, tras naufragar camino a Europa. Si hubiese sobrevivido a la frontera, ¿reiría hoy en un instituto, quizás en Berlín, tal vez en Copenhague? ¿Leería su relato en un sueco perfecto, entre las bromas de sus compañeros, en un centro educativo de Malmö?
Hace calor. Pero seguro que no hacía tanto calor el pasado 17 de junio en la sede del Parlamento Europeo en Estrasburgo. Allí, hombres y mujeres trajeados al amparo del aire acondicionado gritaban “¡devolvedlos!”, tras votar a favor de encerrar durante meses y meses a los Aylanes que sobrevivan al mar y a sus familias. Tras aprobar con una mayoría de votos deshacerse de las personas a golpe de vuelo de deportación. Y mandarán a la gente a países que denominan “terceros países seguros”, como quien pone el sello de “saludables” a las galletas más procesadas del supermercado. No eran adolescentes en un aula, eran........
