¿La paz es una quimera?
Tendré que escribir sobre el follón de la guerra, no hago más que recibir mensajes emocionales: “No a la guerra”. ¿Con qué debo escribir estas líneas?, ¿con mi mente o con mi corazón? Con mi corazón ya está todo dicho: “No a la guerra”. Sin embargo, mi encrucijada personal e intelectual comenzó hace décadas cuando constaté -pensando por mí mismo- que en casi todos los grandes avances humanos la violencia y la guerra han estado detrás. Por ahora, esta es la realidad, el problema, y un problema sólo empieza a resolverse cuando se acepta su existencia y se aborda con decisión.
España no participó en ninguna de las dos guerras mundiales. En la segunda, Alemania, la Alemania de la “solución final” nazi contra los judíos, fue derrotada junto con su servidora, Italia, y a su aliada Japón le cayeron dos bombas atómicas. Hoy, tanto Alemania como Italia, como Japón, como todas las naciones vencedoras son más relevantes que España a nivel mundial. Se diría que, en términos históricos, no es rentable dejar de matarse o alejarse de la muerte. Mirado así, el “no a la guerra” parece una quimera mística.
Por tanto, desde esa mística esperanzadora, habrá que seguir diciendo “no a la guerra”, pero la pregunta es la siguiente, entre otras: ¿qué harían los millones de personas que sostienen ese “no a la guerra” si estuvieran en el lugar de las élites que protagonizan e inician las guerras? Porque hablar desde la barrera, agarrar una bandera y marcharse a dar gritos por ahí lo hace cualquiera. En otras palabras, no es lo mismo predicar que dar trigo, no es lo mismo exclamar “olé” que tener que matar al toro de la existencia.
El neurocientífico Antonio Damasio ha escrito en su libro Y el cerebro creó al hombre: “¿Importa para nuestras vidas saber cómo funciona el cerebro? Creo que importa, y mucho, tanto más si aparte de conocer lo que actualmente somos, nos........
