Salud mental: asunto social y no biomédico
“Antes, cuando tenía plata, me decían don Tomás. Ahora que no tengo nada, me dicen tomás, nomás”
“En 1973, el psicólogo David Rosenhan tuvo una idea tan simple como perturbadora: envió a ocho voluntarios sin antecedentes mentales -entre ellos él mismo- a doce hospitales psiquiátricos de Estados Unidos fingiendo que escuchaban una voz que les decía “golpe”, “vacío” o “hueco”. Los doce voluntarios fueron ingresados con diagnósticos de esquizofrenia o psicosis, y, aunque una vez dentro se comportaron con total normalidad y manifestaron ya no escuchar ninguna voz, fueron retenidos hasta 52 días.
Los pseudopacientes fueron obligados a tomar medicación, que tiraban a escondidas, y a aceptar el diagnóstico de los médicos para ser dados de alta. La etiqueta de “loco” se había pegado a ellos, y cualquier gesto cotidiano era interpretado como síntoma. Rosenhan llamó a esto el poder de la “etiqueta diagnóstica”: una vez que te llaman loco, todo lo que haces confirma la sospecha. Los cuerdos se volvieron prisioneros de su propia cordura.
Cuando Rosenhan hizo público el experimento, el escándalo fue mayúsculo. Un hospital, ofendido por el estudio, lo desafió a enviar más falsos pacientes. Rosenhan aceptó. En las semanas siguientes, el personal identificó a 41 pacientes como posibles impostores. La trampa era que Rosenhan no había enviado a nadie. Así, el “Efecto Rosenhan” demostró que la línea entre la cordura y la locura no está en la mente del paciente, sino en el ojo del que diagnostica.” (Citado por Oscar Bernader Bengstsson). A lo que podríamos agregar: está en la ideología dominante, de la que son portadores el que diagnostica y el público en general.
Esta cita nos pone en materia y nos alerta del problema en cuestión: sabiendo de lo complejo del tema de la salud mental (noción infinitamente más político-social, ideológica y cultural que biomédica), tratando de entender por ella el “sano y productivo relacionamiento con el medio circundante”, es evidente que ello nos confronta con un profundo problema. Si salud mental de alguna manera tiene que ver con “ser medianamente feliz”, con “poder resolver productivamente los problemas de la vida”, con “autorealizarse”, es evidente que ello nos abre una pregunta: ¿cuándo se logra todo eso? Y si cuesta lograrlo: ¿somos enfermos mentales entonces? “En Guatemala sólo borracho se puede vivir”, expresó alguna vez el Premio Nobel de Literatura Miguel Ángel Asturias. ¿Es sana o es enferma esa población entonces? ¿O lo es el escritor que lo formuló, viviendo en uno de los países más desiguales y violentos de Latinoamérica?
Rápidamente hay que despejar un equívoco: la salud mental no está asegurada por una sumatoria de condiciones materiales concretas. Tener resueltas las necesidades básicas, vivir en un entorno agradable, comer todos los días, todo eso constituye una condición indispensable para la calidad de la vida. Pero no asegura por fuerza que, aún teniéndolo, alguien no presente problemas ligados a lo que llamamos “salud mental”. ¿Se puede prever, o incluso asegurar, que alguien no se deprima, no se angustie, esté libre de conflictos, no se tiente y transgreda normas, no presente síntomas e inhibiciones, en algún momento no le encuentre sentido a su vida, no abuse de sustancias psicotrópicas, esté libre de prejuicios? ¿Y qué decir del suicidio? Un buen pasar económico ¿asegura que no lo habrá?
Plantear todo esto da un marco que permite entender por dónde va la idea de salud mental. Sin dudas estamos ante un concepto problemático, intrincado, polémico, porque no es una noción médico-biológica. Ponernos de acuerdo en torno a ella implica abrir cuestionamientos sobre la ideología, sobre los poderes. La noción de “normalidad” en este dificultoso y siempre resbaladizo campo de la salud mental no es un asunto bioquímico, anátomo-fisiológico. Por eso cuesta tanto definir qué hacer y qué no hacer cuando se interviene ahí. Medicar, practicar electroshocks, dar consejos, internar en un manicomio, escuchar psicoanalíticamente o promover la prevención y grupos de contención no son cuestiones sólo biomédicas. Como no lo son, sólo por tomar algunos ejemplos orientadores sobre los que volveremos y que sin dudas grafican lo que tiene que ver con la salud mental, la homosexualidad o la tortura,........
