Sobre la actualidad del marxismo
“La lección que debemos extraer no solo de la experiencia vasca y venezolana, sino de la mundial, es que la formación teórica marxista siempre actualizada sobre los más recientes cambios del capitalismo, es una necesidad permanente”.
El marxismo, no es un dogma único, parado y cerrado. El marxismo ante todo es dialectico y el marxismo está sujeto a todo tipo de actualización de análisis. A esto Lenin le llamo análisis concreto de la realidad concreta.
Los análisis que valen para Europa occidental quizás no sirvan para Nuestra América. O los análisis que sirven para la realidad de la República Democrática de Corea quizás no sean de utilidad para Euskal Herria. Cada pueblo tiene unas condiciones y para esas condiciones se deben usar los análisis marxistas adecuados
Hemos querido dialogar con Iñaki Gil de San Vicente sobre estas cuestiones. Varias veces lo hemos hecho en varios formatos, pero siempre sobre aspectos geopolíticos. Esta vez queremos hacerlo sobre la actualidad del marxismo
Eskerrik asko, Iñaki por el tiempo, sabemos en Haize Gorriak que siempre estás muy ocupado y agradecemos el esfuerzo que haces en responder a estas cuestiones.
En varios textos incluso en algún libro has insistido en la importancia de la dialéctica…. ¿Sigue teniendo la dialéctica la importancia que le concedes para la tarea de utilizar bien el marxismo en los análisis de nuestras realidades?
Para mí, una de las mejores formas de explicar cruda y directamente qué es y para qué sirve la dialéctica marxista es la frase de Jorge Sand con la que Marx cierra su demoledora crítica al reformismo de Proudhon en Miseria de la filosofía de 1847: «Luchar o morir; la lucha sangrienta o la nada. Es el dilema inexorable». En el marco de la lucha de clases y sobre todo en su forma de lucha de liberación nacional y antiimperialista, la dialéctica en acción, su desenvolvimiento y avance inmisericorde hacia la unidad y lucha de contrarios que determina en el problema en el que estamos inmersos, esta dialéctica nos conduce siempre al “dilema inexorable” de tener que optar entre “luchar o morir”.
En el marco más específico del pensamiento, de la lógica, de la filosofía, de la cultura, de las ciencias, de la epistemología, etc., y de la creatividad estética, en este marco la dialéctica también nos lleva tarde o temprano, pero inevitablemente, al “momento de opción”, es decir, al momento en el que debemos tomar decisiones arriesgadas para nuestro futuro. Dado que malvivimos en un mundo estructurado por y para la opresión de la mayoría por la minoría, dado que la unidad y lucha de contrarios rige nuestra vida, siempre llega el momento en el que esa realidad objetiva genera diversos grados de respuestas subjetivas que pueden terminar chocando contra el poder, siendo la mayoría de ellas tímidas, parciales, dubitativas y tendentes a la claudicación reformista o derrotista: muy pocas son revolucionarias en un primer instante.
Se me dirá que para llegar a ese punto no hace falta la dialéctica, que solo basta la coherencia personal y un pensamiento mínimamente crítico. Y aquí radica el problema y la trampa: el primero, el problema, consiste en que la ignorancia funcional impuesta nos hace creer que la dialéctica es un invento inservible de filósofos abstrusos que divagan con una terminología incomprensible, invento aprovechado por burócratas de izquierda para engatusarnos con su labia. La trampa consiste en que, ya en este agujero, rechazamos la dialéctica en nuestra vida cotidiana y sobre todo ignoramos que existe como método que nos ayuda a ser libres. De este modo, llega un momento en el que detenemos nuestro avance hacia la libertad porque creemos que hemos llegado al máximo de las posibilidades de acción y que a partir de ese instante debemos aceptar el camino que el sistema nos ofrece, o ceder y claudicar por miedo a la represión.
La dialéctica, sin embargo, es objetiva porque refleja el movimiento de la realidad, determinado por el choque permanente y a diversos niveles de diferencias, oposiciones y contradicciones que agitan esa la realidad natural y social de la que somos parte. La dialéctica subjetiva es la capacidad humana de conocer y sintetizar teóricamente el movimiento de la naturaleza. Más aún, la antropogenia es ella misma pura dialéctica de la naturaleza, al margen de nuestro conocimiento subjetivo. Tal vez, la primera definición de la dialéctica aparezca en la Ilíada cuando tras intensos debates entre los troyanos se llega a la conclusión de que hay que optar por la lucha a muerte para mantener libre a Troya. Según esta primera acepción, la dialéctica es el proceso de pensamiento que nos descubre que las contradicciones han llegado a tal grado de antagonismo que no queda otra posibilidad que la resumida en la frase de Jorge Sand, citada por Marx: «Luchar o morir; la lucha sangrienta o la nada. Es el dilema inexorable».
Es perfectamente compresible que todas las clases dominantes denigren u oculten el método dialéctico, y que todos los reformismos lo excluyan de su acción intelectual a la vez que reducen el marxismo a una de tantas corrientes ideológicas progres disponibles a precios baratos en las librerías. Las burocracias reformistas, todas, excluyen la dialéctica de los escasos cursos de formación que ofrecen a sus bases, cursos que buscan la capacitación técnica básica para administrar las instituciones burguesas durante un año electoral, en vez de formarlas en un pensamiento revolucionario consciente de que el socialismo y la independencia nacional de clase son inalcanzables respetando la dictadura del capital.
Para concluir esta respuesta: sin dialéctica no existe el marxismo clásico, porque está presente de forma explícita e implícita en todos sus textos. Por ejemplo en el de 1847 arriba visto y el de 25 años después, en el famoso Prólogo de El Capital de 1872, donde Marx define cómo es su “método dialéctico”:
“Mi método dialéctico no sólo es en su base distinto del método de Hegel, sino que es directamente su reverso. (…) Yo he criticado el aspecto mistificador de la dialéctica hegeliana hace cerca de 30 años, cuando todavía estaba de moda.(…) me he declarado yo abiertamente discípulo de aquel gran pensador e incluso, en algunos pasajes del capítulo sobre la teoría del valor, he llegado a coquetear con su modo particular de expresión. La mistificación sufrida por la dialéctica en las manos de Hegel, no quita nada al hecho de que él haya sido el primero en exponer, en toda su amplitud y con toda conciencia, las formas generales de su movimiento. En Hegel la dialéctica anda cabeza abajo. Es preciso ponerla sobre sus pies para descubrir el grano racional encubierto bajo la corteza mística.
En su forma mistificada, la dialéctica se puso de moda en Alemania porque parecía glorificar lo existente. Su aspecto racional es un escándalo y una abominación para la burguesía y sus portavoces doctrinarios, porque en la concepción positiva de lo existente incluye la concepción de su negación, de su aniquilamiento necesario; porque, concibiendo cada forma llegada a ser en el fluir del movimiento, enfoca también su aspecto transitorio; no se deja imponer por nada; es esencialmente crítica y revolucionaria.”
El marxismo es un método no un dogma, queda claro… ¿Qué sector social a tu juicio se identifica con el marxismo pero en realidad, lo destroza usándolo como dogma?
Son fundamentalmente cuatro los sectores que dicen ser demócratas radicales, que citan y emplean conceptos marxistas y hasta que se dicen oficialmente marxistas, aunque en la realidad lo tergiversan y desvirtúan, sobre todo lo destrozan.
Uno es la industria cultural progre, que edita libros marxistas no como armas revolucionarias sino como mercancías ideológicas que deben competir en el mercado de la cultura burguesa con otras modas intelectuales. Así se refuerza el fetichismo de la mercancía al reducir el marxismo a un consumo de usar y tirar libros que ese momento están de moda. En este caso Marx es reducido a algo peor que un dogma, es directamente destruido al ser devaluado en mercancía.
La frase “Marx vende” vuelve al mercado siempre que hay grandes crisis, conflictos sociales, internacionales, etc., libros aireados por el márquetin de la cultura del amo, colocados junto a autores reaccionarios, negacionistas o simplemente superfluos. El derecho burgués de expresión queda así reforzado porque la “libertad de comprar” oculta la dictadura del capital ejercida mediante su industria político-cultural que publica lo que le conviene. Sin embargo, colectivos militantes mantienen con sudor imprentas rojas que ofrecen sus ediciones en papel o digitales en redes críticas y en mercados no sujetos al beneficio mercantil, sino a la concienciación revolucionaria.
Otro sector es el del reformismo llamado “duro” por la prensa burguesa para así ampliar la oferta político-electoral de “izquierda” en el mercado del voto y combatir con más eficacia al movimiento revolucionario dentro del pueblo trabajador. Para explicar un poco la diferencia formal entre ambos reformismos basta saber que la primera niega la explotación social, la dominación política, la opresión cultural y nacional, el patriarcado reducido a una “perspectiva de género”, el imperialismo, etc. Aquí no podemos analizarlos uno a uno, sí vamos a resumir lo esencial de la tergiversación y negación práctica del marxismo que les recorre a todos ellos con mayor o menor intensidad:
1) el marxismo sigue siendo válido sólo como uno más de tantos pensamientos progresistas, no como la praxis de la revolución comunista que ha perdido sentido histórico. 2) el comunismo es una utopía irrealizable, sólo la “democracia avanzada” puede resolver los agudos problemas que nos asfixian. 3) la violencia defensiva, justa y revolucionaria no sirve para nada sino que además refuerza al poder, sólo es efectiva la paciencia estratégica del pacifismo y del parlamentarismo: “voto a voto”. 4) la explotación asalariada, la opresión política, la dominación cultural, el patriarcado, los derechos polixesuales, el racismo, etc. sólo son superables con el logro de inmensas mayorías legales y parlamentarias que “voto a voto” anulen las leyes “viejas” y desarrollen las “nuevas”.
5) la opresión nacional no se resuelve con la independencia obrera y antiimperialista, sino con pactos internacionales que regulen sus tiempos y sus fines. 6) la debacle socioecológica no se resuelve con la propiedad socialista de la naturaleza y de las fuerzas productivas, sino con acuerdos negociados con las grandes empresas y con sus Estados, acuerdos vigilados por las instituciones internacionales 7) el materialismo histórico es falso porque la historia es el resultado de la concordia y el consenso, no de la lucha de clases. 8) La dialéctica es falsa porque la contradicción es irresoluble desde la filosofía atea inherente a su materialismo: sólo la fe y la espiritualidad explican el “misterio y la contradicción de la vida”.
Un tercer sector más reducido: el de los pequeños grupos de izquierda militante autoproclamados como única vanguardia dirigente del proletariado. Cada uno de ellos cree ser el auténtico y exclusivo intérprete del marxismo, tal cual sólo ellos creen saber interpretarlo los demás son revisionistas, sectarios, tacticistas, oportunistas, etc. Bien es verdad que últimamente, y por las presiones de la crisis y las lecciones del pasado, en bastantes de estos grupos se reconoce la necesidad de la autocrítica y de la lucha contra el dogmatismo. Pero aun así sigue muy fuerte el apego al dogma, a la interpretación literal de un texto si tener en cuenta el contexto, si tener en cuenta los cambios.
Un cuarto y último sector al que no se presta atención suficiente es la explosiva mezcla de dogmatismo, sectarismo, burocratismo, reformismo, etc., oculto tras una palabrería hueca «nuevas luchas» que sustituyen a la desaparecida clase obrera y su finiquitada lucha de clases. Un enjambre de grupitos, ONGs, colectivos sociales, etc., que tanto abunda bajo la permisividad legal y las ayudas económicas oscuras en muchos de ellos. Algunos incluso se llaman ‘marxistas’. En estos grupitos, la dirección vertical y personalista es la norma, incluso no falta sumisión al líder.
Tras este repaso, podemos decir que el dogmatismo consiste en anular uno de los componentes de la unidad de contrarios, de modo que al dejar sólo el otro rompemos de su unidad y lucha, anulamos el desarrollo del conocimiento y por ello desvirtuamos la verdad, pudriéndola como dogma. La verdad sólo puede surgir del choque de contrarios, que previamente va enriqueciéndose en sus diferencias y oposiciones. La verdad no existe nunca en un sólo componente de la contradicción porque a lo sumo sería parcial y limitada.
La verdad es la dialéctica entre lo concreto, lo objetivo, lo absoluta y lo relativo. Los dogmáticos desconocen la dialéctica de lo universal, lo particular y lo singular, de modo que aplican a lo singular y a lo particular una visión abstracta y estática, muerta, de lo universal, sin darse cuenta que la crítica también –sobre todo– ha de volcarse en lo universal porque es en ese concepto clave donde radica una de las mayores dificultades del acceso al conocimiento y su enriquecimiento particular y singular.
A lo largo de la historia del siglo XX hubo diferentes experiencias socialistas que desgraciadamente la mayoría fueron al traste… ¿Consideras que hubo malas aplicaciones del marxismo o que sencillamente no hubo socialismo en alguna de ellas?
Más que decir que la mayoría de las experiencias socialistas se han ido al trate, pienso que es más realista decir que han sido derrotadas. La diferencia consiste en que «irse al traste» no precisa las razones del fracaso, constata un hecho pero no explica el por qué y por tanto no puede proponer soluciones. Por el contrario, decir que han sido derrotadas es ir directamente al resultado de la lucha de clases en esas experiencias, más concretamente es el nudo gordiano: la política que se ha llevado y que ha resultado derrotada.
Precisar esta diferencia entre irse al traste o ser derrotado es importante de cara a la segunda parte de la pregunta. Si estudiamos las diferentes derrotas vemos que por debajo de sus formas particulares y singulares, hay una serie de razones comunes, básicas a todas ellas, universales podemos llamarlas, que nos remiten de una u otra forma a las cuatro grandes y decisivas incompatibilidades entre el capitalismo y el socialismo que se fijaron esencialmente a finales del siglo XIX. Digo esencialmente porque cada una de ellas y las cuatro como totalidad expresan el antagonismo absoluto, nuevo en la historia humana, entre dos modos de producción, el capitalista que entonces aparecía omnipotente en su expansión por el planeta, y el socialista que ni siquiera existía en germen en ningún lado.
Es cierto que la Comuna de París de 1871 y otras experiencias menores habían experimentado esbozos empíricos de cómo se podía avanzar parcialmente al socialismo en áreas sociales muy pequeñas. Pero fue precisamente en esta cuestión donde se confirmó el potencial creativo y heurístico de la dialéctica del materialismo histórico: Marx y Engels, ayudados por colectivos militantes, fueron destilando la práctica en el alambique de la teoría enfrentándose a dos bloques ideológicos: el reformista proveniente del socialismo utópico, y el burgués que se estaba desarrollando desde el siglo XVII. De este modo, para finales del siglo XIX se habían formado ya las raíces marxistas profundas del choque irresoluble entre el marxismo y el bloque burgués-reformista que tenía una identidad de clase común como se vería en la historia de la lucha de clases.
Esas raíces marxistas se irían extendiendo y aumentando según lo exigía la lucha de clases mundial, pero su identidad ya estaba asentada a finales del siglo XIX y consistía en cuatro puntos: la teoría de la explotación asalariada, de la plusvalía, del valor y del trabajo abstracto; la teoría del Estado como cuartel general de la clase burguesa, es decir como la forma político-militar del capital; la concepción materialista de la historia como producto de la lucha de clases y de liberación de los pueblos; y el método dialéctico que insiste que el movimiento de lo real es debido a la unidad y lucha de contrarios. Las cuatro forman una totalidad de modo que si falta una de ellas no sólo las otras tres entran en crisis sino que es esa totalidad, o sea, el avance al socialismo, la que es derrotada más pronto que tarde.
No cometamos el error objetivista y mecanicista de creer que basta aplicar estos cuatro componentes de la totalidad para asegurar la victoria del socialismo. No. En cada uno de ellos y de forma decisiva en su unidad, la conciencia revolucionaria, la subjetividad crítica y autocrítica, y el deseo y la ética juegan un papel clave para la victoria. Y dentro de esa dialéctica destaca como fundamental la conciencia de la necesidad vital de la toma y mantenimiento del poder obrero y de la política como la quintaesencia de la economía. Es decir, la participación rectora del pueblo trabajador organizado en soviets, consejos, comunas, cooperativas, sindicatos sociopolíticos, etc., unidos en la autodefensa mediante la doctrina del pueblo en armas.
Simultáneamente a estos pasos, y con la lucidez autocrítica de que la derrota puede llegar debido al abandono o desprecio de estas lecciones históricas, el pueblo trabajador debe imponer pasos fundamentales como la expropiación de capitales, la socialización de las fuerzas productivas y la planificación de la economía, la liquidación de las fuerzas represivas y del sistema judicial burgués, la liquidación de la propiedad burguesa de la industria político-mediática, el reconocimiento de la independencia de las naciones oprimidas, etc. ¿Cómo desarrollar todo esto? Muy sencillo: la dialéctica entre democracia y dictadura lo explica perfectamente. La democracia burguesa es la forma externa de la dictadura del capital mientras que la dictadura del proletariado es la forma externa de la democracia socialista.
Pero, por último, tampoco debemos olvidar........
