menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Guerra por el sentido

7 0
10.09.2026

Es crucial que el siglo XXI se entienda como el siglo de las guerras por el sentido, porque la disputa decisiva no ocurre únicamente sobre territorios, mano de obra, recursos, tecnologías o instituciones; ocurre sobre la capacidad de nombrar, clasificar, jerarquizar y volver inteligible el mundo. Entendemos aquí que la filosofía de la semiosis tiene hoy una tarea que rebasa la interpretación sobre los medios, modos y relaciones de producción de sentido, que debe investigar y transformar el cómo se fabrica socialmente aquello que una época aprende a considerar verdadero, natural, deseable o inevitable. Quien consigue imponer el significado de “libertad”, “democracia”, “seguridad”, “progreso”, “mérito”, “naturaleza”, “trabajo” o “verdad” no ha conquistado todavía la realidad, pero ha avanzado sobre el territorio donde la realidad comienza a ser percibida. 

Las derechas y las ultraderechas están preparando un paquete de emboscadas ideológicas y políticas con el objetivo preciso de producir esa desfiguración: que los dueños de grandes recursos se representen como víctimas, que aquellos que acumulan riqueza se representen como creadores solitarios de prosperidad, que aquellos que subsisten de su trabajo se perciban como sospechosos de parasitismo, que el conocimiento colectivo se apropie como propiedad privada y que la naturaleza, tras siglos de explotación, se vea obligada a presentarse ante el tribunal de la rentabilidad.

Entendemos que transparentar la semiosis (producción de sentido) permite descubrir esa operación: cada signo condensa relaciones históricas, intereses materiales, memorias, conflictos y posibilidades; cada palabra puede funcionar como ventana hacia lo real o como cortina que lo oculta. Por eso, intervenir la semiosis del presente significa rastrear las fuerzas que producen los significados, identificar quién tiene poder para estabilizarlos y abrir nuevamente aquello que el discurso dominante pretende cerrar. La guerra por el sentido es, en última instancia, una lucha por la imaginación social: por decidir qué vidas cuentan, qué sufrimientos son visibles, qué conocimientos son legítimos, qué territorios pueden ser sacrificados y qué futuros pueden ser concebidos. Allí comienza una filosofía crítica de nuestro siglo: desarmar los signos que naturalizan la dominación y construir signos capaces de revelar las relaciones que hacen posible transformar el mundo.

Una de las paradojas más perjudiciales de nuestra época radica en que aquellos que afirman salvaguardar la libertad están creando las condiciones materiales para que casi nadie pueda ejercerla. Por otro lado, aquellos que se acusan de amenazar el orden suelen ser aquellos que intentan retornar al término “libertad” su significado perdido. Esta distorsión semiótica no es un accidente del lenguaje: es una operación de poder. Cuando una clase logra denominar la realidad desde la perspectiva de sus propios intereses, tiene la capacidad de transformar la explotación en mérito, el despojo en inversión, la subordinación en oportunidad, la obediencia en libertad y la devastación ecológica en expansión. La primera batalla, entonces, ocurre antes de cualquier programa económico: ocurre en el diccionario con el que una sociedad aprende a reconocerse. 

Y su mecanismo resulta sofisticado porque pretende aparecer como sentido común. Su éxito dependería de que la sociedad cesara la percepción inversa de las relaciones sociales y aceptara como naturales aquellas formas históricas construidas a través de leyes, instituciones, violencia, herencias, cercamientos, monopolios, endeudamiento y disciplinamiento en el ámbito laboral. El fetichismo de la mercancía alcanza aquí una dimensión política extrema: las cosas parecen adquirir voluntad propia mientras desaparecen las personas y las relaciones que las producen. Un precio parece explicar el valor; una patente parece explicar el conocimiento; una propiedad parece explicar la legitimidad; un contrato parece explicar la justicia; una estadística de crecimiento parece explicar el bienestar. 

Detrás de cada abstracción reaparece, cuando se mira con suficiente precisión, una arquitectura humana. La mercancía oculta las manos. El salario puede ocultar dependencia. La rentabilidad puede ocultar agotamiento. La deuda puede ocultar transferencia de poder. La propiedad puede ocultar una historia de apropiaciones. La palabra “eficiencia” puede esconder cuerpos exhaustos. Allí comienza una ciencia crítica de la conciencia: aprender a preguntar qué relación social ha sido borrada para que una cosa pueda presentarse como autónoma. El proyecto reaccionario necesita precisamente lo contrario: una sociedad que contemple los resultados sin investigar las relaciones que los producen. 

Por eso intenta secuestrar los recursos naturales, la fuerza de trabajo y las capacidades intelectuales, como si fueran reservas privadas disponibles para una minoría. La operación es particularmente reveladora en el campo del conocimiento. Quienes menos contribuyen a producir conocimiento colectivo pueden intentar privatizar sus resultados, controlar sus canales de circulación y convertir décadas de acumulación científica, tecnológica y cultural en rentas extraordinarias.........

© Rebelión