¿Qué significa hoy pensar la educación desde la izquierda?
Acerca de la pregunta por la izquierda en educación
Para comenzar a responder al interrogante que titula este ensayo necesitaré dar un pequeño rodeo preguntándome, de manera muy personal, qué me hace pensar que hay un enfoque de izquierda para asomarse a la educación. El camino es necesariamente autobiográfico, pues tiene que ver con íntimas convicciones acerca de qué mundo habitamos y en qué direcciones queremos transformarlo. No todos pronunciamos la palabra “izquierda” refiriéndonos a lo mismo.
Dicen que uno está hecho de lo que ha vivido, de lo que ha leído, lo que ha conversado, lo que lo ha conmovido, lo que lo ha hecho pensar. Personalmente, siento que estoy hecho de las poesías de de Gelman y de Pizarnik. Pero también, desde muy chico, de las de María Elena Walsh y Elsa Bornemann. Me han hecho quien soy las canciones de Mercedes Sosa, León Gieco, Víctor Heredia y Atahualpa Yupanqui, y las novelas de Asimov, Hesse y Stephan Zweig. Y formándome como maestro, lecturas de distintos orígenes y arraigos disciplinares me han inspirado de muchas maneras diferentes. Por mencionar algunos de los libros y autores que me apasionaron: la Pedagogía del oprimido de Paulo Freire, Mal de escuela de Daniel Pennac, Pensamiento y habla de Lew Vigotsky, los textos acerca de las corporeidades de Daniel Calméls, la filosofía educativa de Jorge Larrosa, la poética pedagógica inspiradora de Carlos Skliar, los libros irreverentes de Estanislao Antelo (desde sus Instrucciones para ser profesor hasta Los gajes del oficio), El maestro ignorante de Rancière, la filosofía de Hannah Arendt, la mirada al mismo tiempo psicoanalítica y política de Graciela Frigerio, y también el estudio de los textos clásicos que se preguntan por la relación entre la educación y el orden social, como Democracia y educación de John Dewey, el Emilio de Rousseau, La educación del hombre de Fröebel o los trabajos en los que María Montessori defiende a las infancias, en un precoz ejercicio de lucha contra el adultocentrismo, por mencionar sólo algunos. ¿Qué tienen en común esas piezas sueltas de la experiencia, estos textos, estos artistas, provenientes de distintas disciplinas, tiempos y geografías? Una respuesta posible (y muy personal) es: en todos ellos encuentro hoy pistas interesantes para pensar una educación que vaya a contracorriente de esta época de algoritmos que nos dominan y de una frenética sociedad de consumo que deja fuera cualquier cosa a la que no se le pueda poner una etiqueta con el precio. Todos ellos abrazan (o abonan a) una concepción humana de la educación. En todos ellos encuentro una discusión contra el furioso mercantilismo imperante.
Si comienzo este humilde ensayo hablando de estos poetas y artistas es además porque me atreveré a hablar de una mirada de izquierda en la educación con referencias que trascienden a los textos marxistas, aunque también los he leído y disfrutado. Probablemente esto desvirtúe un poco el texto ante la lectura de los intelectuales de izquierda que traen a cuestas esas frondosas bibliotecas, pero valga la doble justificación de que a) no pretendo eludir del todo esas discusiones y b) me propongo ampliar el debate sobre las ideas pedagógicas con sensibilidad de izquierda a las comunidades docentes más amplias.
Las coordenadas de esta escritura (la Argentina de 2026) nos muestran una coyuntura en la que en la que la idea de la izquierda se desvirtúa, se caricaturiza, se denosta. Tiene sentido: la izquierda levanta la voz ante el sufrimiento de los más vulnerables (niñas y niños, enfermos, ancianos, personas con discapacidad) que hoy se expone como espectáculo en las redes sociales y forma parte del show mediático. Los ataques explícitos y las ofensas hacia las personas con una orientación sexual o identidad de género que se diferencie de los modelos normativos, parecen haber dejado de constituir un agravio y un delito. Y mientras los más poderosos de la sociedad imponen unas reglas del juego que facilitan la acumulación ilimitada de casi todo en muy pocas manos, mientras algunos derrochan abundancias heredadas o mal habidas y otros viven en la miseria más miserable, las políticas públicas idolatran a los magnates y estigmatizan a los trabajadores. Se ha hecho un eslogan del acto de quitarle a los pobres para darle a los ricos. Tan potente y despiadado es el ardid de esta mentira, que mucha gente de a pie (gente que se considera de bien) llega a convencerse de que sus dificultades se explican por la miserable ayuda que los más pobres reciben del Estado y no por las fortunas que se le ceden a las elites económicas.
Todo ese ideario, que finalmente reduce cualquier valor a su expresión económica, se corresponde con las posiciones políticas de “derecha” o de “ultraderecha”. Por eso, porque la derecha ha resurgido como identidad política, creo que la díada que constituye esta polaridad amerita volver a ponerse en valor. Tras un tiempo en el que pareció pasada de moda, hoy parece necesario resucitarla y reinventarla, para que pueda ponérsele palabras a lo que nos está pasando. Y me propongo hacerlo explorando la cuestión desde el ángulo de la Pedagogia.
Se objetará: ¿No es imprudente plantear la cuestión en términos de polaridades, de extremos? ¿al final los extremos no se reúnen en lo mismo? ¿no es preciso encontrar un término medio? Y es posible que para algunos problemas específicos esta observación sea pertinente. Sin embargo, en la educación hay principios éticos que no admiten puntos intermedios. Dice Bobbio, en su libro sobre la izquierda y la derecha que “entre el blanco y el negro, puede estar el gris; entre el día y la noche está el crepúsculo. Pero el gris no reduce en lo más mínimo la diferencia entre el blanco y el negro, ni el crepúsculo la diferencia entre la noche y el día.1 No hay entonces un punto medio deseable entre llamar al 12 de octubre “Día de la raza” (versión colonialista y racista de la efeméride) o llamarlo “Día de la diversidad cultural” (versión emancipadora y democratizante). No hay una sensata versión de síntesis entre “educar emprendedores para que compitan en el mercado” y “educar sujetos autónomos que comprendan y transformen su realidad”. Existen algunas tomas de posición que es preciso asumir, y creo que los significantes que aquí estamos analizando (la izquierda y la derecha) pueden servir, hasta cierto punto, para dirimir esas tensiones.
Decía párrafos atrás que, desde hace algún tiempo, la izquierda se ha convertido en objeto de estigmatización recurrente por parte de los gobiernos populistas de ultraderecha. Los opositores son caracterizados como “zurdos”, “socialistas” o “comunistas”, y esas palabras son empleadas como si se tratara de insultos. En su libro Zurda, Myriam Bregman recupera con orgullo esa misma palabra que la ultraderecha utiliza hoy como agravio para reivindicarla. En el mismo sentido, tal vez a los educadores y educadoras nos hace falta construir definiciones contemporáneas, coyunturales, cercanas a la lengua del oficio que entendemos y nos convoca, acerca de qué es lo que significa, por estas pampas y por estos días, ser docente y ser de izquierda. Tal vez las reflexiones que siguen me llevarán a callejones sin salida, a situaciones dilemáticas, carentes del ímpetu que la izquierda militante suele tener cuando se autodefine. Me interesa – con........
