La violencia de género sabe cuándo juega la selección
Cada vez que juega una selección nacional ocurre algo más previsible aún que los expertos tácticos que nacen en el minuto 89. Si gana, el fútbol une a los pueblos. Si pierde, el fútbol saca lo peor de nosotros. Y si durante esas horas aumentan las agresiones contra las mujeres, el titular ya parece escrito de antemano: el fútbol provoca violencia machista.
Los seres humanos sentimos una debilidad poco enternecedora por las explicaciones simples, nos basta con encontrar dos cosas ocurriendo al mismo tiempo para decretar que una causa la otra.
Por eso, cada Mundial, cada copa y cada final importante resucitan la misma historia con titulares alarmistas hechos por expertos de alquiler que descubren relaciones causales con el valor de quien encuentra una figura en las nubes —y para los que el balón deja de ser un balón y se convierte en un arma criminógena con césped homologado por la FIFA—.
Encontrar un único culpable siempre ha sido el deporte favorito de quienes no tienen ninguna intención de entender el problema.
El caso que nos atañe no ha sido el resultado de un estudio. Sino de muchos. No ha sido cosa de un país. Sino de varios. Y tampoco ha sido de un Mundial concreto. El patrón lleva apareciendo desde hace años en investigaciones realizadas en contextos distintos y con metodologías diferentes. Tenemos los datos. Lo que no tenemos es la licencia para interpretarlos como a cada uno le convenga.
En Reino Unido, uno de los trabajos más citados encontró que cuando jugaba la selección inglesa, entre los mundiales de 2002 y 2010, los episodios de violencia de pareja aumentaban un 26% y que, si........
