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Opinión: El niño gay que fui

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01.10.2026

Cuando era niño disfrutaba dibujar, inventar personajes y jugar con marionetas hechas a mano. Una vez improvisamos una casa en miniatura para una tarea de francés del colegio, y recuerdo cuánto me gustó hacerla. Cuando visitaba a mis primas, a veces tomaba sus muñecas para jugar. También disfrutaba muchos otros juegos. Nada de eso me parecía extraño hasta que alguien comenzó a señalar algunas de esas cosas como si dijeran algo malo sobre mí.

Me gustaba disfrazarme. Para Halloween improvisaba con la ropa de mis tíos, las joyas y las pañoletas de mi mamá. Quería parecerme a un gitano de una novela que pasaban por televisión. Me entusiasmaba imaginar el personaje, aunque supiera que probablemente no podría salir a pedir dulces por la violencia que vivía el país en los años noventa. Porque una cosa es ser niño y otra muy distinta es aprender que la forma en que uno juega, habla o se mueve puede convertirse en motivo de burla.

Antes de comprender qué significaba ser gay, ya conocía las palabras con las que se castigaba a quienes parecíamos diferentes. La montadera llegaba por mi forma de caminar, de hablar, de mover las manos, por no correr detrás de un balón o por disfrutar actividades que otros habían clasificado como femeninas. Yo todavía no podía nombrar mi orientación sexual, pero otras personas parecían haberla decidido por mí. Me dijeron marica mucho antes de que yo pudiera preguntarme quién era.

Y había otra razón para que me señalaran. Mi familia pasó por dificultades económicas, y yo no tenía los tenis de moda ni los jeans desteñidos que llevaban algunos de mis compañeros. Repetía una y otra vez la ropa que más me gustaba, hasta sentir que todos podían reconocerla de memoria,........

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