Inconscientemente cómplices
En la opinión que ofrecí la semana pasada abordé con la mayor objetividad que me fue posible, el asunto coyuntural que como sociedad nos aborda relativo a la necesaria y urgente reforma al sistema judicial en pleno, como es habitual recibí una buena cantidad de mensajes positivos de amigos y colegas que compartían una visión similar, que aunque no es lo buscado ni el objetivo principal de mis artículos de opinión, con los que solo persigo el interés genuino de llamar a reflexión, son los que afianzan mi compromiso con lo que escribo.
Pero entre esa cantidad de mensajes hubo uno en particular, de alguien a quien siempre me mueve una necesidad de saber su opinión y no por validación, sino por su capacidad analítica y su talento de ver lo que al ojo común no le es sencillo de observar, y en una sola línea ya me lo hizo saber, cuando este amigo me escribió: “pero no hablaste de la corrupción, ese si es el verdadero elefante en la habitación del que nadie quiere hablar” y tenía razón, abordé el iceberg por la punta y no llegué a su base, donde está lo más denso y pesado.
Obviamente que estuvo dentro de mis líneas al momento de llevar al papel mi opinión, abordar el asunto de la corrupción, pero honestamente me pareció que hablar de ella me encasillaría en el lugar común de la denuncia y el reclamo estéril en el que muchos sucumben, pero luego recapacito y expreso que no deja de ser necesario seguir exponiéndola, más allá de que a algunos nos parezca en ocasiones banal hacerlo.
En un país en el que ya es rutina leer en los titulares de los medios, cifras impronunciables de dinero cooptado por las élites corruptas, hablar de corrupción nos ha comenzado a generar tedio, cansancio y hasta aversión para algunos, llevándonos lamentablemente a voltear la mirada, lo que........
