Uso responsable de las redes sociales
La exposición constante a las redes sociales ha provocado un aumento de adicción, especialmente entre niños y adolescentes.
El comportamiento está motivado por la búsqueda de aceptación y reconocimiento dentro del entorno digital, lo que lleva a los menores a compartir detalles íntimos con el objetivo de obtener la aprobación de otros mediante likes.
Esta conducta se conoce como oversharing (sobreexposición). Más allá de las estrategias implementadas por las redes para mantenerlos ‘enganchados’, surge la inmediatez que incrementa la tendencia al oversharing en estas plataformas.
El fenómeno oversharing no solo se limita a ser una manifestación de adicción digital; representa también, un patrón de comportamiento en el entorno online.
El impulso de compartir detalles íntimos en busca de aceptación genera comparaciones con el estilo de vida de otros usuarios.
Como resultado, aumenta la sensación de que la vida ajena es mejor, lo que puede desembocar en mayor inseguridad personal, afectando la autoestima y la salud mental.
Un juicio que comenzó el 9 de febrero de 2026 en el Tribunal Civil Superior de Los Ángeles contra Meta (Instagram, Facebook) y Google (YouTube), ha colocado estas redes sociales en el centro del debate mundial.
La acusación sostiene que han desarrollado algoritmos para fomentar adicción que provoca ansiedad y problemas de salud mental, ya que se cuestiona si los responsables de las plataformas eran conscientes de los posibles daños que podrían causar.
El caso tiene el potencial de sentar un precedente jurídico en torno al uso de las redes sociales por parte de los menores, quienes habitualmente dedican más de cuatro horas diarias de conexión online, lo que incrementa su exposición a riesgos asociados con su bienestar emocional, psicológico y social.
El proceso abriría la puerta a una regulación más rigurosa y adaptada a los riesgos actuales, centrada en garantizar la seguridad y el bienestar de quienes son más susceptibles a los efectos negativos de las redes sociales.
Así, se avanzaría hacia una protección legal que intentaría evitar la sobreexposición, la adicción digital y las consecuencias asociadas para la salud mental, especialmente entre niños y adolescentes.
En este contexto, surge una pregunta fundamental: ¿cómo lograr que los menores se desliguen de la relación tan estrecha y dependiente que mantienen en las redes? La respuesta no recae únicamente en una regulación legal, implica la intervención activa de padres y profesores.
Desde su posición, y como personas adultas, cuentan con la capacidad de orientar y acompañar a los menores en este proceso, promoviendo valores que favorezcan el autocuidado y el pensamiento crítico ante la sobreexposición y los riesgos propios del entorno digital.
Es precisamente en el ambiente familiar y escolar donde se forjan las bases para que los jóvenes aprendan a gestionar su presencia digital de forma segura y responsable.
Ricardo Gaitán
Analista de marca
