Donde la estrategia se vuelve oficio
Si has seguido mis columnas anteriores, habrás visto que he explorado el concepto de estrategia e innovación a través del marco de los tres horizontes de crecimiento. En esta columna me enfocaré en el primer horizonte —la innovación continua—, que busca fortalecer el negocio actual a través de mejoras constantes en productos, procesos y experiencia del cliente.
Lo haré a través de un caso particularmente revelador: cómo la mejora sistemática del producto, basada en el usuario, puede convertirse en una fuente sostenida de ventaja competitiva. Hace algunos años, una empresa líder en pegantes especializados para pisos enfrentaba un fenómeno particular.
Su producto se había vuelto tan dominante que el nombre de la marca terminó asociándose con la categoría misma. Ese reconocimiento era una ventaja competitiva, pero también abrió la puerta a la aparición de competidores informales que comenzaron a copiarlo. La respuesta no fue bajar precios, sino elevar el estándar.
El reto: mejorar el producto año tras año, con cambios que fueran realmente perceptibles para el maestro de obra. Eso implicó estar en la obra. Ver cómo se prepara la mezcla, cómo se comporta el material y qué problemas surgen en la práctica.
Detalles aparentemente menores —que no genere burbujas, no derrame, no descuelgue al aplicarse, sea fácil de limpiar, se adhiera bien a distintas superficies o funcione en diferentes condiciones climáticas— terminan definiendo la experiencia del usuario.
Ese aprendizaje no ocurrió en un laboratorio, sino trabajando directamente con los maestros: probando muestras en campo, iterando sobre la formulación y entendiendo qué valoraban. El reto no era innovar una vez, sino hacerlo de manera sostenida y relevante.
Con el tiempo, la empresa incorporó otra dimensión: la sostenibilidad, entendida desde el impacto en la salud de quienes usan el producto. A partir de ahí, y a través de la innovación abierta en colaboración con un proveedor, desarrolló una nueva formulación de pegante bajo en polvo, reduciendo significativamente la exposición a partículas finas. La innovación alcanzó el empaque.
Frente a la falsificación, se introdujeron elementos difíciles de replicar como hologramas. Pero más interesante aún fue escuchar al usuario: los instaladores valoraban imágenes de ambientes que los inspiraran, y la inclusión de los propios maestros en los empaques como reconocimiento a su oficio. Innovar también fue comunicar mejor y dignificar al usuario.
El resultado fue algo poderoso: una evolución constante del producto, construida desde un entendimiento profundo del usuario.
Ese es el espíritu del primer horizonte. En este caso, la ventaja competitiva no está en hacer algo completamente nuevo, sino en hacer mejor —de manera consistente— lo que otros dan por sentado. Las empresas que logran sostener su liderazgo lo hacen porque mejoran lo que ya saben hacer.
ALEXIS SABET ECHAVARRÍA
Agsechi@gmail.com
Junta Directica Corona Industrial
