PÉREZ-REVERTE, EL POETA ORGÁNICO DE LA PARTITOCRACIA
Fallece Fernando Ónega a los 78 años, cronista esencial de la Transición española
Es la jactancia sempiterna de un diletante que no deja de presumir de ser un hombre hecho a sí mismo. Políticamente, un turiferario del Partienstaat y un enemigo de la libertad política, pero que, de manera recalcitrante, fingidamente sufrida y espontanea, se empeña en dar la apariencia de lo contrario. Un snob, un intelectual de salón, que pontifica sobre lo divino y lo humano desde la poltrona de la Academia de este sistema partitocrático. Un envoltorio que oculta una mentira con apariencia de verdad y que seduce con su fama y éxito de ventas al hombre-masa, lo mejor que ha definido Ortega, especialmente en su modalidad de bárbaro especialista y sabio ignorante.
Si mañana desapareciera Arturo Pérez-Reverte y toda su obra, desde el punto de vista de la historiografía, las ciencias, la filosofía, o la política, no se perdería nada. Es un contador de historias que tienen éxito mundial, eso es un hecho indiscutible, y desde luego, `algo` debe tener lo que escribe, pero en ningún caso; conocimiento científico o filosófico, entendido éste como un saber sistemático.
Su condición de reportero de guerra, que saca siempre a relucir para acreditar que conoce la realidad del mundo como nadie, no es en modo alguno lo que Platón quiere representar en el Libro I de La República, cuando nos dice, en uno de los comienzos más célebres de toda la filosofía: «Bajé ayer al Pireo».
Por el contrario, cuando escuchas a Reverte, no puedes sino echar de menos la idea del filósofo ateniense de expulsar de la ciudad a los poetas. En el Libro X de La República, Platón sostiene que, desde Homero en adelante, los poetas trágicos no son más que imitadores de apariencias, pues su obra es una imitación de las cosas sensibles, que a su vez son imitación de las Ideas; es decir, una imitación de la imitación, tres veces alejada de la verdad. Si el trabajo del artesano, del médico o del gobernante es ya una imitación de las Ideas que reproducen, los poetas se dedican a imitar esas mismas imitaciones. Podríamos decir que se dedican a fingir saber lo que no saben. Veamos qué nos dice el maestro de Aristóteles en su Libro X:
«Nos falta ahora examinar la tragedia y á Homero que es su padre. Como oímos decir todos los días a ciertas gentes, que los poetas trágicos están muy versados en todas las artes, en todas las ciencias humanas que tienen por objeto el vicio y la virtud, y lo mismo en todo lo concerniente a los dioses; que es indispensable a un buen poeta conocer perfectamente los asuntos que trata, si quiere hacerlo con buen éxito, y que, de no ser así, es imposible que triunfe; debemos nosotros averiguar, si los que hablan de esta manera se han dejado engañar por esta clase de imitadores; si su error procede de que, al ver las producciones de estos poetas, han olvidado la observación de que están tres grados distantes de la realidad, y que, sin conocer la verdad, es fácil acertar con esta clase de obras, que en último término no son más que fantasmas, que no tienen ninguna realidad; ó en otro caso, averiguar si hay algo de verdad en lo que estas personas dicen, y si efectivamente los buenos poetas entienden las materias, sobre que el común de los hombres estima que han escrito bien».
El cartagenero, utiliza su condición de escritor y narrador de historias superventas para considerarse portador de una legitimidad que le otorga la capacidad de hablar de política o historia, no en los términos que se critican con ironía en el Protágoras, sino porque ostenta argumentos de autoridad. De este modo remata Arístocles “el de anchas espaldas”:
«En la misma forma, el poeta, sin otro talento que el de imitar, sabe, con un barniz de palabras y de expresiones figuradas, dar tan bien a cada arte los colores que le convienen, ya hable de zapatería, ya trate de la guerra o de cualquiera otro objeto, que con la medida, el número y la armonía de su lenguaje convence a los que le escuchan, y que juzgan sólo por los versos, de que está perfectamente instruido en las cosas de que habla; ¡tan poderoso es el prestigio de la poesía. Por lo demás, ya sabes por otra parte el papel que hacen los versos cuando se les quita el colorido musical; no puedes menos de haberlo observado».
Por eso, Reverte no es un intelectual orgánico en sentido gramsciano, sino un poeta en sentido platónico, y un poeta orgánico de la partitocracia desde la plataforma de Gonzalo Fernández de la Mora.
En su sexta edición, celebrada en marzo de 2022, el ciclo Letras en Sevilla, coordinado por Reverte y Jesús Vigorra, se organizaron las jornadas “¿Monarquía o República?: un debate de tres siglos”. En ellas, el autor de Alatriste participó en el escenario, en un cara a cara, con su homóloga petulante, Cayetana Álvarez de Toledo: otra enchufada del sistema partitocrático a quien el otrora jefecillo del PP, Pablo Casado, la llamó para incluirla en la lista y colocarla como diputada. En dicho foro, Reverte le preguntó a Cayetana: “Dígame tres reyes de España que justifiquen la palabra monarquía”, respondiéndole ella: Isabel y Fernando (tomándolos como uno), Felipe V y Juan Carlos I, incluyendo a este último por ser artífice de la Transición y la falta de parangón en la historia de España de una gesta así. Sobran los comentarios.
Cayetana tiene la opinión más alta de sí misma: está más orgullosa de ser quien es que Dalí lo estuvo de sí mismo. Y tiene quien la anime a pensar eso. Así, Jiménez Losantos, con esa cara de pastorcillo turolense, después de mofarse de todo quisqui y de tratar como esclavos a todos los empleados que tiene en su radio, le hace la pelota y le realiza entrevistas—masaje en las que le dice lo brillante que es por escribir que: «El nacionalismo existe porque la izquierda ha querido; y, dentro de la izquierda, porque el socialismo ha querido». Ninguna mujer ha llegado tan alto en el pensamiento político, ni siquiera Simone Weil y Hannah Arendt juntas.
Hoy, la gente tiene más miedo a conocer y a decir la verdad que con Franco. Hoy más que nunca, el Estado y la Administración son un rodillo que tritura al súbdito y al administrado hasta arruinarlo o desterrarlo de la vida pública. Pero el análisis de Reverte se resume en dar una de cal y otra de arena que, tras muchos dares y tomares, de manera inexorable, acaba en el mismo derrotero: siempre acaban ganando los malos; nos faltó la guillotina; en Trento nos equivocamos de Dios; España sería un país estupendo si no estuviera lleno de españoles.
Dice en su libro Una historia de España, que la Transición «ha sido la mayor hazaña ciudadana llevada a cabo por los españoles»; que hubo una «ruptura mediante reforma»; y, en cuanto a Suárez, «que lo hizo de maravilla, que........
