Empatía Suicida: la práctica de la doctrina de la autoaniquilación.
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La cultura occidental ha venido a autoinmolarse por destrucción del concepto mismo de humanidad, ignorando que en el desarrollo evolutivo de cualquier especie desaparecen aquellas poblaciones donde se impone la fe y la superstición al conocimiento y a la ciencia. La empatía inmotivada, sometida a la emoción, renegando de la razón, se ha convertido en una infección ideológica de políticas y conductas autodestructivas. Es una respuesta maladaptativa, conduce a la desaparición. Gad Saad, huido de Canadá por su deriva islamista, lo ha retratado en sus textos, «La mente parasitaria» y «Empatía suicida» en un proceso propio de un proceso de enajenación: la cultura occidental desmiente sus propios pilares: la razón, la evidencia, la reciprocidad, la coherencia, la responsabilidad individual, la autoprotección y el mérito, y adopta marcos que invierten las prioridades morales, en beneficio de grupos e ideologías que amenazan su supervivencia. El resultado es una cultura de la autoaniquilación sostenida por un predicamento continuado de pobrismo y por una diferencia creciente y extraordinaria entre los actores políticos y sus tentáculos que ocupan la élite y la población a la que supuestamente sirven.
Estas ideas perversas y aberrantes no se propagan por una especie de lógica de la persuasión. Se expanden como virus mentales: por contagio emocional, coerción social y miedo al ostracismo. Los patógenos de una sociedad con un gobierno totalitario dispuesto a todo: el posmodernismo que niega la existencia de una verdad objetiva pues todo es un constructo social, y la tabula rasa que rechaza la biología y la evolución como factores relevantes del comportamiento humano; el feminismo radical y el activismo de género/trans que priorizan la identidad subjetiva sobre la realidad biológica; la justicia social extrema y la cultura de la victimización que elevan la victimización a virtud y hacen triunfar la emoción y la “experiencia vivida” sobre la evidencia; y la censura anónima de lo políticamente correcto que suprime el discurso libre por miedo a ofender. A este proceso se suman el Síndrome Parasitario de la Avestruz» (SPA) —enterrar la cabeza en la arena para negar realidades evidentes— y en ese delirio colectivo, donde se fabrica y exagera la victimización colectiva, mientras se hace verdugo a la víctima, y a la víctima real se le atribuye ser verdugo. Las sociedades que están infectadas de este mal caminan como muertos en vida, fascinados y atemorizados a partes iguales del que ejerce su poder letal. Prefieren someterse y creer que son de hecho sus adalides y aliados que admitir su impotencia. Hasta aquí una especie de Síndrome de Estocolmo. Sin embargo, con esto se genera de forma efectiva una complicidad colectiva con el agresor que incluso a veces es esencialmente necesaria para los objetivos de este. Entonces el cómplice se convierte en el actor (el agresor) que de hecho perpetra su suicido y el homicidio ajeno en un síndrome de Munchausen por poderes que nos convence de la bondad de esta autoextinción.
Estos parásitos amenazan los fundamentos de una sociedad libre: libertad de expresión, investigación racional, método científico, diversidad intelectual y meritocracia. El texto «la mente parásita» diagnostica la corrupción cognitiva; el texto «empatía suicida» analiza ese proceso de desregulación emocional que esos mismos patógenos facilitan. Debilitado el sistema inmune, cualquier virus oportunista amenaza la vida. Darwin que fue el primero en oponerse al papel adaptativo de las emociones, ya descubrió los efectos de someter el juicio racional de la propia experiencia y la experiencia social a señales que se interpretan en términos supersticiosos. Estos parásitos representan una amenaza al sistema inmune de la civilización. Dar sin reciprocidad es tan perverso como comprender y amparar a quien renuncia a su propio desarrollo y a su libertad. No se puede dar pan a quien no quiere trabajar para obtenerlo. No se puede alimentar al parásito. Si la ausencia de empatía produce psicopatía, su aplicación inconsciente produce un estado de empatía suicida: un altruismo maladaptativo e irracional que invierte las prioridades morales (criminales sobre víctimas, inmigrantes ilegales sobre ciudadanos, grupos marginales que de forma ostensible amenazan a la vez, la verdad y la seguridad pública, “mujeres trans” sobre mujeres biológicas en deportes y espacios seguros. Son ese tipo de creencias que destruyen el capital social en tanto sus costes........
