Juan Pérez de Mungía: «Superchería pontificia: Desarmar la inteligencia, rearmar la superstición»
Juan Pérez de Mungía: "Agonía de mercenarios"
Juan Pérez de Mungía: "Alta costura de un poder impune"
La visita de León XIV a España ha dejado un reguero de frases que, bajo la pátina de preocupación ética, revelan una resistencia profunda al desarrollo humano y al cambio social. El primer papa estadounidense —un converso, con ese sentimiento de culpa del desarrollo de su pais de origen, que lo llevó a empaparse de las realidades de la América hispana— ha convertido su encíclica Magnifica Humanitas y sus intervenciones públicas en un alegato contra la inteligencia artificial que trasciende la prudencia y roza la condena moral. “La IA debe ser desarmada”, espetó durante la presentación del documento. No se trata de regular, gestionar riesgos o maximizar beneficios; se trata de “desarmarla de las lógicas que la transforman en dominio, exclusión y muerte”, equiparándola al desarme nuclear. León XIV vive la amenaza de una hegemonía externa, una pérdida de su dominio. No importa la evidencia que aporta la ciencia para excluir la superstición religiosa del horizonte de la humanidad, no importa como el desarrollo tecnológico y científico brinde a la humanidad la oportunidad de aumentar el excedente social para mejorar la vida del ser humano. Es un predicador del analfabetismo al que siempre ganarán las expresiones apocalípticas de las iglesias que trafican con la fe de los ignorantes.
Es la misma Iglesia que, desde Galileo, ha respondido a los avances del conocimiento con sospecha, condena o domesticación. Entonces fue el heliocentrismo; hoy es la tecnología que multiplica la capacidad cognitiva, la productividad y la resolución de problemas complejos. En lugar de preguntar cómo la IA transforma las sociedades —y responder con pragmatismo—, el Vaticano ofrece la vieja receta: vuelta a la fe, límites morales impuestos desde el dogma y una visión del ser humano que prefiere la dependencia a la autonomía humana. Se aplica a mantener una farsa que huele mal.
Incapaz de contribuir a una reflexión, de nuevo la Iglesia de Roma ignora la evidencia, ignora los riesgos reales y responde con superstición. Buena parte de los expertos ya alertan de los riesgos reales: posible alteración del funcionamiento básico del cerebro, dependencia cognitiva, pérdida de capacidades ejecutivas tras un uso repetido, el “mono tecnológico” que surge cuando se retira la herramienta. Son preguntas legítimas. Pero la diferencia con la Iglesia es que estos expeertos buscan entender y gestionar, no frenar o “desarmar” el desarrollo. La respuesta a los riesgos no es desarrollar una suerte de antimaquinismo militante por el que venga a invitarse a los seres humanos a volver al pasado.
Un estudio reciente titulado “The Generative AI Learning Penalty”, que analizó durante 30 meses a 26.811 estudiantes de secundaria en 9 asignaturas, ilustra con datos estos efectos perniciosos. A corto plazo, las notas en deberes subieron un 18 % y el tiempo para completarlos bajó un 30 %. La otra cara de la moneda apareció en los exámenes sin IA y a puerta cerrada: las notas mensuales bajaron un 20 % en los primeros 6 meses y las de exámenes de acceso a alta exigencia cayeron hasta un 24 %. El mismo proceso que se observa con la estúpida idea del trabajo colectivo en las escuelas. El impacto en estudiantes de alto rendimiento fue superior. Se está externalizando el pensamiento y los atajos terminan por dañar el desarrollo de nuestras capacidades cognitivas. Estos datos refuerzan la necesidad de pruebas de evaluación basados en procesos de solución de problemas que están fuera del alcance de la IA, promoviendo el análisis frente a creencias y retóricas supersticiosas. Frente a ese modelo alternativo, la condena moral apocalíptica e indiscriminada. Una batalla perdida como aquella de predicar el anticonsumismo, para renunciar a satisfacer deseos y necesidades humanas. A la Iglesia le abruma la complejidad porque sus soluciones son escandalosamente simples, en esa suerte de populismo que niega la evolución humana. Una batalla perdida que no reconoce que la evolución humana es un patrimonio de la especie no de aquellos llamados a extinguirse, los sujetos de la fe.
Mientras tanto, China —sin complejos ilustrados ni culpa histórica— fija objetivos de adopción del 70 % de IA en sectores clave y, al mismo tiempo, obliga........
