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Juan Pérez de Mungía: «Slava Ukraini»

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Rusia ha perdido la guerra. La está perdiendo. La perdió. Tres momentos que indican la caída anticipada de Putin. Retomando el pasado, cuando se intentó la toma de Kiev y esta fracasó con un daño inconmensurable contra las tropas rusas, Putin perdió la guerra y el relato: lo que iba a ser un paseo militar fue una trampa para su ejército.

A medida que ha ido pasando el tiempo se ha comprobado la tenacidad de los ucranianos por defender su patria, algo que sorprende a los antipatriotas europeos que jamás serían capaces de luchar en defensa de sus países. Una Europa cínica, pusilánime, cobarde. Ha sido la admiración por Ucrania, por su valentía, la que ha permitido que la ayuda europea y americana siguiera fluyendo con restricciones. La ayuda ha sido con la boca pequeña, tardía, mientras Ucrania se desangraba, solo había gestos, dinero y muchos viajes de solidaridad, pero nada efectivo. Un ballet silencioso. Ayuda por la “vergüenza” que le produce la valentía ajena, y no por una convicción propia de defensa de la libertad.

Todos saben que el frente avanzó, se detuvo, retrocedió y volvió a avanzar en diversas ofensivas y contraofensivas. De nada le ha servido a Rusia dinamitar presas, matar a los civiles ucranianos mientras Kiev ha aplicado un método quirúrgico que poco a poco estrangula la yugular del petróleo y cercena la capacidad operativa de su corrompido ejército.

Ucrania se ha convertido en una potencia militar y, al mismo tiempo, en un espejo incómodo para el régimen de Putin, que acelera abiertamente la restauración de la dictadura soviética. En mayo de 2026, mientras los bosques de Katyn siguen guardando las fosas comunes de los más de 22.000 polacos e intelectuales asesinados por orden de Stalin en 1940, el Gobierno ruso ha inaugurado allí mismo una exposición que habla de “diez siglos de rusofobia polaca” y “nazis ucranianos”, sin mencionar el pacto Molotov-Ribbentrop ni la masacre. Justo esta misma semana, en Tomsk, el Kremlin desmontó por primera vez un monumento a las víctimas de la represión política soviética.

Putin ha renombrado la academia del FSB (sucesor del KGB) en honor a Félix Dzerzhinski, fundador de la Cheka, la policía secreta bolchevique responsable de miles de ejecuciones. Al mismo tiempo, se reescribe la memoria oficial: un museo que debía recordar la represión interna soviética y sus millones de víctimas (gulags, Gran Terror) se transforma este año en “museo del genocidio del pueblo soviético” a manos del nazismo, borrando toda alusión a los crímenes cometidos por el propio........

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