Israel de la Rosa: «Los celos»
Nos sobrecoge el anuncio reiterado de las futuras tormentas, de esos chaparrones malcarados, ceñudos, siempre maliciosamente inoportunos —un concierto al aire libre, unas fallas vistosas, un correr con la lengua fuera tras una pelota, un concurso de gachamiga en mitad de una plaza, con su correspondiente cortejo de hambrientos curiosos—, aguaceros furiosos que castigan tejados y ventanas, que aporrean claraboyas y veletas, que con su granizo mortifican el corazón de los más temerosos. Gotas frías, borrascas del más emplumado demonio. Todo este relampaguear y tremendo tronar nos encoge el alma, nos acobarda el ánimo. Ahora bien, comparada con los celos, con las fenomenales tormentas de celos, toda esta gaita diluvial de los finales de verano es, por contraste, un inocente juego de niños, una fruslería, una simple minucia, una ridícula peccata minuta.
Los celos, ese invento diabólico, esa elucubración enmarañada del carajo, incorporados genéticamente a los mimbres del esqueleto como un embellecedor del organismo, como pinceladita sutil que viene a complementar y definir el carácter, pellizquito de sal en el arroz; los celos son cual maquinaria callada y latente, cual diablillo risueño y cornudo de dientes afilados, siempre al acecho, siempre bajo la epidermis, aguardando el más insignificante e inesperado motivo para activarse y desencadenar un florido y animado pandemonio, una especie de arde Troya por las bravas. Descomunal batiburrillo de ansiedad, espumarajos preñados de ira y achicharramiento de los pelos del bigote. Ladrillazo a las ventanas del frágil edificio de la serenidad. Un estrujar convulsivo de las orejas, como asideros grotescos de goma. Alaridos chirriantes de la mirada muda bajo una frente sudorosa y febril. Espasmos convulsivos y monstruosos de la espina dorsal, y, de resultas, alguna que otra joroba brotando entre los omoplatos, fruto perverso de esta verde e inabarcable........
