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Israel de la Rosa: «La identidad»

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03.08.2026

La experiencia —y transitar asimismo los años como si fueran senderos sinuosos, sembrados de jorobas— nos ha enseñado que el ser humano semicivilizado necesita el grupo en sus primeros años de vida. Por mejor decir, necesita pertenecer materialmente al grupo. El ser humano debidamente semisometido, en esa dulce y primera juventud —primera y última, pues no hay otra, pues no hay más—, encuentra su realización más íntima, desarrolla su espiritualidad más sagrada, más esencial, sintiéndose parte de una pandilla, sintiéndose miembro numerario de una banda, erigiéndose en granito de arena útil y revoltoso en una caterva de tuercebotas.

Un adolescente independiente y solitario, ajeno al fenómeno gregario, vendría a ser como un adulto perfectamente feliz: es decir, una monumental patraña, un sinsentido, un imposible, una mentira gorda. Tratemos de imaginar, y esto podría servir de ejemplo oportuno e iluminar muy bien el argumento, a una manada de cincuentones recorriendo las calles, a las doce de la noche, a lomos de un montón de ciclomotores, petardeando y desgarrando la calma nocturna con esos chirridos del demonio, carracas infames, únicamente por el puro y estúpido placer de formar parte visible de una colmena. La experiencia nos ha enseñado todo esto. Pero la experiencia, sin embargo, nos ha engañado. Nos ha vendido humo, nos ha engatusado con el metálico cascabeleo de unas maracas. Ah, puñetas.

Porque el ansia viva de pertenecer al grupo se conserva latente, y latiente, a despecho de los años deshojados como pétalos de margarita. No resulta en absoluto sencillo erradicar del corazón, o de las mismísimas tripas, esa cosa abstracta y pataleante llamada con acierto identidad. El transcurrir doloroso del tiempo, tan penosamente abarrotado de zancadillas y decepciones, nos aísla de manera gradual, nos separa de las personas queridas, nos aleja de los amigos añorados de........

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