Israel de la Rosa: «La desconfianza»
Uno se pregunta inevitablemente en qué momento se perdió aquella confianza innata, aquella confianza con que dimos nuestros primeros pasos en el sendero todavía sin hollar de la vida. En qué momento se contaminó ese afán natural e inocente, esa risueña necesidad de confiar ciegamente en el otro, en el ser querido, en el amigo. En qué momento ese sendero luminoso y virgen acabó sembrado de pedruscos y espinas, de zancadillas y recelos.
Todo era dulzura y claridad en los primeros años, todo era transparencia y certidumbre: «Sube a ese balconcito del noveno piso y arrójate al vacío, que papá te recibirá en brazos», y no cuestionábamos la seguridad, y no poníamos en duda la sincera fiabilidad de aquellas palabras, el amoroso colchón de sagrada determinación con que papá, a buen seguro, amortiguaría la caída. Minucia y despropósito sería describir el drama que a menudo se originaba instantes después. Pero, por lo general, todo quedaba en un ligero rasguño. «Confía en mí, amor. Yo jamás te defraudaré». Magníficas propuestas de este estilo, perlas de la sintaxis emocional, han adornado nuestras vidas desde que comenzamos a valernos del uso de la razón. «Nunca te traicionaré. Tienes mi palabra», que es tanto, en la mayoría de los casos, como no tener nada. Será cosa probablemente de los años, de andar arrancando pétalos sucesivos al calendario, sufrida y mortuoria margarita. Será cosa muy posiblemente de haber hurgado demasiadas veces en las entrañas del tiempo, en los entresijos de la experiencia, y, asimismo, en los oscuros y enrevesados rincones de la condición humana. Sea como fuere, la confianza primigenia perdió su precioso blindaje. Aquellos días de abnegada devoción por el prójimo se tornaron hoy en viejos y apergaminados guiñapos.
Qué serán esos golpecitos misteriosos y reiterados más allá de la puerta de entrada, en las tortuosas penumbras de la........
