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Israel de la Rosa: «El secreto»

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16.03.2026

Un secreto es como una llama pequeña que arde sin consumirse nunca, que crepita levemente en lo más hondo del corazón, y ese crepitar ligero nadie puede oírlo, y esos vagos aromas a triunfos prohibidos nadie puede percibirlos, y esas huellas, esos emborronados motivos nadie puede distinguirlos, y la culpabilidad que denuncian nadie puede juzgarla. Un secreto es un cofre pequeño y misterioso, envuelto en sombras espesas, cuya llave retienen las manos de una única persona. A veces, un secreto acaba siendo compartido, y se corre entonces un riesgo exagerado. Los secretos, de revelarse, poseen la virtud y la desgracia de torcer el rumbo de una vida, de enemistar familias, de desbordar violentamente las aguas mansas de una presa.

Los secretos teñidos de amor son invariablemente los más hermosos. Secretos terribles, de terrible emoción, jamás confesables, que se guardan con extremado celo, secretos que a la luz de la razón, es decir, fatalmente descubiertos, desvirtuarían su verdadero y poderoso encanto: frágiles secretos que no soportarían la cruda y afilada claridad del día. Son los secretos de amor los más hermosos, sí, pero pudieran ser también los más peligrosos, secretos que por sí mismos empuñan la más letal de las dagas. Se encuentran estos secretos enredados, silenciados siempre, en los espesos y caprichosos rizos de una pasión vedada.

También revolotea a ras de suelo el secreto feo, el secreto vergonzoso, el de la traición, el de haber faltado a la palabra sagrada, el de haber herido profundamente la confianza que un amigo depositó ciegamente en nosotros. Por pura necedad, por un desatinado antojo, por abrazar la terquedad. Confesarlo, desnudar el alma y agitar el pecado, sería como desgarrar los preciosos mimbres de una vida. Estos secretos feos, agrios, permanecen........

© Periodista Digital