17-A: nueve años después, las víctimas siguen esperando que nadie las olvide
Hay tardes que una ciudad recuerda para siempre. No porque aparezcan señaladas en los calendarios, sino porque quedan grabadas en la memoria de quienes las vivieron. Barcelona tiene una de esas fechas: el 17 de agosto de 2017. Aquel día, el terrorismo yihadista golpeó el corazón de la ciudad y convirtió Las Ramblas, uno de los lugares más emblemáticos de España, en el escenario de una barbarie. Una furgoneta recorrió el paseo arrollando a peatones y sembrando muerte. Horas después, la amenaza reapareció en Cambrils. Dieciséis personas fueron asesinadas y cientos más quedaron afectadas de una u otra manera. Nueve años después, la pregunta ya no es solamente qué ocurrió aquel día. La pregunta es qué hemos hecho desde entonces por quienes lo sufrieron.
Porque el 17-A no terminó cuando la furgoneta dejó de avanzar. No terminó cuando los terroristas fueron abatidos. No terminó cuando los servicios de emergencia abandonaron Las Ramblas. Ni siquiera terminó cuando la Audiencia Nacional dictó sentencia. Para una víctima, el atentado continúa de otra manera. Continúa en una cicatriz, en una pesadilla, en una rehabilitación, en una indemnización que no llega, en un reconocimiento que tarda, en una pregunta que sigue sin respuesta. Continúa cada vez que el calendario vuelve a señalar el 17 de agosto.
Y aquí conviene decir algo que debería ser elemental, pero que nueve años después todavía necesita ser repetido: las víctimas no pueden ser las grandes olvidadas de la historia del 17-A.
Los terroristas eligieron Barcelona porque querían golpear una sociedad abierta. Querían convertir la normalidad en miedo. Querían que una calle llena de turistas se transformara en una trampa. Querían demostrar que cualquiera podía ser un objetivo. Y durante unos minutos consiguieron sembrar el terror. Pero no consiguieron destruir aquello que pretendían destruir: la voluntad de una ciudad de seguir viviendo.
Una tarde de agosto que se convirtió en una pesadilla
Las Ramblas estaban abarrotadas aquella tarde. Barcelona vivía uno de sus habituales días de verano. Turistas haciendo fotografías, familias paseando, trabajadores terminando su jornada, comerciantes atendiendo sus negocios y vecinos cruzando uno de los grandes ejes de la ciudad. Nadie esperaba una tragedia. Nadie caminaba pensando que podía convertirse en víctima de un atentado.
Entonces apareció la furgoneta.
En cuestión de segundos, la tranquilidad desapareció. La gente comenzó a correr. Los comercios cerraron sus puertas. Los teléfonos empezaron a sonar. Familias enteras intentaban localizarse. Los servicios de emergencia acudieron al lugar. Las fuerzas de seguridad intentaban comprender qué había sucedido mientras la noticia comenzaba a extenderse por toda España y, poco después, por el mundo.
Las imágenes eran estremecedoras. Las Ramblas, habitualmente asociadas a la vida, al turismo y al bullicio, aparecían llenas de ambulancias, policías y ciudadanos tratando de ayudar.
El terrorismo había elegido un símbolo.
No había atacado solamente a las personas que se encontraban en aquel tramo del paseo. Había intentado atacar una forma de vida.
Una ciudad donde cualquiera podía caminar tranquilamente por una calle sin preguntarse quién tenía al lado.
Eso es precisamente lo que hace tan brutal el terrorismo yihadista. No busca solamente matar. Busca sembrar desconfianza. Busca que la sociedad tenga miedo de sus propios espacios públicos. Busca que el ciudadano mire a su alrededor y piense que el peligro puede estar en cualquier parte.
Por eso combatirlo no consiste únicamente en detener a los terroristas después de que actúen. Consiste, sobre todo, en impedir que lleguen a actuar.
La célula que quería provocar una masacre mayor
El ataque de Las Ramblas no fue un hecho aislado. Formaba parte de una operación terrorista más amplia que tuvo su segundo escenario en Cambrils. Allí, durante la madrugada, los agentes de los Mossos d’Esquadra se enfrentaron a los integrantes de la célula.
La operación terrorista quedó finalmente desarticulada, pero no sin dejar otra víctima mortal: Ana María Suárez López.
Aquella noche terminó de confirmar lo que durante las primeras horas apenas comenzaba a comprenderse: Barcelona y Cambrils habían sido víctimas de una operación yihadista organizada.
La investigación posterior permitió reconstruir el proceso de radicalización de la célula y su preparación de los atentados. Tres miembros supervivientes terminaron sentándose en el banquillo de la Audiencia Nacional y fueron condenados.
Pero la sentencia judicial, por importante que sea, nunca puede ser el último capítulo de la historia.
Porque la historia real no está únicamente en los documentos judiciales.
Está en las familias.
Está en los hospitales.
Está en quienes tuvieron que aprender a vivir con una ausencia.
Está en quienes sobrevivieron.
Está en quienes todavía recuerdan.
Y está también en quienes, nueve años después, siguen preguntando.
Dieciséis muertos no son una cifra
Hay una costumbre inevitable cuando una tragedia pasa a formar parte de los libros de historia: los seres humanos terminan convirtiéndose en números.
Más de un centenar de heridos.
Cientos de afectados.
Pero no eran números.
Y aquella vida fue interrumpida por el fanatismo terrorista.
Por eso cualquier homenaje que no ponga a las víctimas en el centro corre el riesgo de convertirse en una ceremonia vacía.
Las víctimas no necesitan que los políticos compitan por aparecer en primera fila.
Necesitan que se les escuche.
No necesitan fotografías institucionales.
Necesitan respuestas.
No necesitan discursos grandilocuentes.
Necesitan que sus derechos sean respetados.
Y no necesitan que nadie hable en su nombre sin escuchar primero qué reclaman.
Necesitan memoria, justicia y dignidad.
La batalla que empezó después del atentado
Existe una parte del 17-A que no aparece en las imágenes más conocidas. Es la historia del día después.
El día en que los medios comenzaron a marcharse.
El día en que las cámaras dejaron de apuntar a Las Ramblas.
El día en que los políticos regresaron a sus despachos.
Para muchas víctimas, aquel día no significó el final.
Significó el comienzo de otra batalla.
Los tratamientos psicológicos.
El........
