Encuentros en la nada
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Y al llegar la noche la he encontrado de nuevo, vestida de blanco, tendida sobre mi cama, mientras la lluvia contra la ventana, quisiera poner música a los cómplices silencios de dos amantes que, enmudecidos por la pasión, son incapaces de decir nada.
Y sentándome a su lado la he mirado con anhelo, y apoyando mi cara contra su pecho, le he preguntado si me amaba. Pero su respuesta, como siempre, ha sido ese silencio cómplice que va más allá de donde llegan las palabras.
Y de nuevo, como cada noche, me he quedado dormido abrazado a mi amada, la que sin poner nunca trabas, siempre me ha acogido sin condiciones…, sin preguntar nada; ni tan siquiera un ¿cuándo te volveré a ver…? ¿Te espero mañana…?
Y cuando al llegar la madrugada y ver que ella seguía tendida sobre mi lecho, con la huella de mi cabeza marcada sobre su pecho, la he mirado y por un momento he estado a punto de decirle que yo sí la amaba; pero no me he atrevido a interrumpir el dulce sueño de mi almohada; el discreto encanto de su silencio, ha sido más fuerte que mis inseguras palabras.
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