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El pedómano

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06.08.2026

The Times: Infantino ofreció a Marruecos la final del Mundial 2030 a cambio de su apoyo

¿Quién no ha estado alguna vez sentado en un local público, junto a una mesa ocupada por un numeroso grupo de personas, y no ha terminado con la cabeza como un tambor?

Lo curioso en estos casos, es que el dolor de cabeza no suele ser el resultado de soportar durante horas, la algarabía producida por un montón de personas hablando y chillando al tiempo, que también, sino, además, por estar todo el rato oyendo la misma voz.

Y es que en este tipo de reuniones siempre hay uno, máximo dos, que cogen la palabra al principio y ya no dejan hablar a nadie, mientras el resto de asistentes, educadamente, hacen como que prestan atención con una forzada mueca de compromiso en sus labios, más rictus que sonrisa, a la concatenación de frivolidades insulsas del imparable parlanchín.

Pero lo malo del caso no es que impiden que sus compañeros de mesa puedan entablar una conversación civilizada, sino que -además- bloquean que lo puedan hacer el resto de clientes, al haberse apropiado los voceras, de todo el espacio sonoro del local.

Estos personajes no se dan cuentan que aburren con su conversación. Estos tipos hablan descontroladamente sin pensar lo que van a decir. Siempre tienen que opinar, aunque no tengan ´npi´. Algo parecido a los tertulianos ´todólogos´ de la televisión basura al servicio del régimen.

A estos bocazas vocacionales que no callan ni bajo el agua, quisiera dedicarles hoy unas reflexiones:

¿Se puede, sin guion previo, hablar sin parar durante horas, y al mismo tiempo decir algo medianamente coherente? ¿Se puede hablar sin parar, sin ser banalmente disperso? Pues va a ser que sí. La sufrida tribuna de oradores del Congreso........

© Periodista Digital