Ankara, la cumbre del aplacamiento
La cumbre de Ankara pasará probablemente a la historia como la cumbre del aplacamiento. No porque la OTAN haya renunciado a sus objetivos estratégicos ni porque la Alianza haya salido debilitada. Al contrario. Sobre el papel, las conclusiones no han generado ninguna sorpresa, se reafirma la vigencia del artículo 5, se da continuidad al apoyo a Ucrania, se mantiene el incremento sostenido del gasto militar europeo y se realiza una nueva apelación a la necesidad de fortalecer la capacidad de disuasión frente a Rusia. Nada fuera de guion. La fotografía oficial muestra una organización cohesionada y una Alianza que insiste en proyectar fortaleza. Pero las fotografías, como tantas veces ocurre en política internacional, ocultan tanto como muestran.
Como en tantas otras ocasiones, el verdadero protagonista de la reunión no ha sido Rusia, ni Ucrania, ni siquiera el debate sobre el futuro de la seguridad europea. El protagonista ha sido Donald Trump. Toda la arquitectura política y diplomática de la cumbre se diseñó con un único objetivo que era evitar cualquier incidente que pudiera provocar una nueva crisis transatlántica. El formato reducido de las sesiones, una declaración final cuidadosamente redactada, la ausencia de debates públicos incómodos y un tono deliberadamente complaciente respondían a una estrategia evidente que perseguía no contrariar al presidente estadounidense.
Los europeos han aprendido durante los últimos meses que discutir con Trump suele producir exactamente el efecto contrario al buscado. Frente a un presidente que entiende las relaciones internacionales en términos marcadamente transaccionales, muchos gobiernos europeos han optado por una política de perfil bajo. No se trata únicamente de cortesía diplomática; es la constatación del reconocimiento de una dependencia estratégica que sigue siendo extraordinariamente profunda.
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