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Inviable "prioridad nacional", señorito Iván

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21.05.2026

Es verdad que una imagen vale más que mil palabras. Diez imágenes, igual a diez mil palabras. Lo que equivaldría a una docena de artículos como éste. O a cuarto y mitad de un auto judicial.

Son las diez imágenes de las últimas apariciones de Santiago Abascal.  Era la campaña electoral - Extremadura, Castilla y León y Andalucía para finalizar - y en la ronda de partidos que hace la TVE, le sacaban para que soltara su disparate. Su exabrupto. Llámalo insulto. Su vómito de rencor. Su provocación. A cuál más grave y nauseabunda según se iban acercando las elecciones.

De las diez imágenes observadas, lo que más me llama la atención de entrada, es que todos los que le rodean son hombres. Una piña de machos machos, bien prietas las filas y las chaquetas, ibéricos, de pura raza, todos cortados por el mismo patrón.

 ¿Y sus mujeres dónde andan? ¡En casa! ¿Dónde quieres que estén a estas horas, si todavía no hemos tenido tiempo de sacarlas? En casa, como Dios manda, cuidando de los niños y preparando la comida para que cuando vuelvan los maríos de arreglar España tomándose unas cañas, la mesa esté servida.

Una santa, la mujer, digo, esperando a su hombre, que llega siempre tarde, porque en el bar se les calienta la boca - que si encarcelar a Pedro Sánchez, que si echarlo directamente a una cuneta, que si "plomo, plomo y plomo" - y vuelan las horas sin darte cuenta. Porque en España hay mucho que arreglar. Mucho que arreglar porque todo está fatal. Normal que lleguen a las tantas. Con la comida recalentada veinte veces y los niños llorando hasta que se ganan unos buenos zapatillazos. - ¡Qué son las cuatro, Pelayo, por favor, vente ya! -. ¡Todo sea por la Patria, Jimena!  Y no vuelvas a llamarme al móvil cuando estoy reunido con la gente del partido, trabajando, que me avergüenzas.

Santiago Abascal, que me recuerda, sin su inteligencia y habilidad matando ciervos, a un furtivo de mi sierra llamado Pecholobo, se adelanta medio metro del grupo. Y, le pregunten lo que le pregunten, suelta su eructo ideológico. Impertérrito y marcial, barbilla en alto, como le hubieran enseñado en la mili, de haberla hecho: ¡Wuuuuaggg!  La troupe que le acompaña asiente con la cabeza. Natural, porque todos se alimentan de la misma comida pasada de caducidad.

Es un grupo homogéneo. Igual que se dedican a la política, podrían ser galgueros.  Dedicarse a la caza de la liebre con galgo. Galgueros falsos, solo de pose.  Con sus barbitas recortadas, sus gorras, su fachaleco, sus pulseritas, su pantalón de pana gorda y su camisa blanca de cuadros. Si no vienen de correr los galgos, fijo que vienen de montar a caballo. Oler, huelen. A sudor. Añejo, suyo o del caballo, al que llaman Caudillo, porque el pachuli que se echaron temprano no oculta los olores a rancio. O quizás se trate del sorteo de los puestos de la montería, tras rezar la........

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